La indignación

 

Martes 31 de mayo de 2011

 

«…Las batallas hay que darlas se ganen o se pierdan» ha dicho José Luis Sampedro. Y no carece de razón. Hoy no estaré sentada en esa plaza a vuestro lado, pero no importa. Estaré sentada en otras plazas iguales o parecidas a la vuestra para manifestar mi adhesión a una lucha que es mi lucha y a la que me uno en esta nueva y esplendorosa batalla contra la tiranía financiera y política con que nos amenazan desde sus pretendidas alturas los que ejercen el poder. Tenéis razón. La tenemos. Vuestra indignación es la mía. Y si hay que avanzar un paso más para hacerles entender la razón de nuestras voces, ese paso lo daremos juntos. Porque ha llegado la hora de enfrentarnos a ellos y de decir en voz muy alta que no queremos vivir como ellos pretenden hacernos vivir. Que no queremos depender de su economía, de sus ideologías, de sus falsos profetas. Hay que luchar, protestar, rebelarse contra el sistema, declarar unos principios que hagan que los que aún duermen en un estadio de feliz ignorancia, se levanten de sus cómodos asientos y, una vez en pie, declaren que ya basta, que debe acabarse con tanta corrupción, con tanto vivir a costa de los demás, con tanta irrupción en nuestras vidas y en nuestros pensamientos. Que ha llegado la hora de reclamar lo que nos merecemos y proclamar en voz muy alta la necesidad y el deseo de una vida nueva. Indignaos, si. La indignación es un pálpito, una fuerza interior que nos impulsa a dar la cara, a enfrentarnos sin miedo al enemigo. La indignación es el enfado, la irritación, el cabreo o el enojo casi ciego, a semejanza de la ira, que nos alienta para dar comienzo a la batalla. El cuerpo se arquea, el alma se tensa y los pensamientos son lanzados veloces hacia aquello que nos provoca tales síntomas. Es en ese momento cuando la voz proclama, ya sin ataduras de ningún tipo, lo que queremos expresar. Es el gran momento. Cuando ni los tabúes ni las herencias culturales ni las ataduras impuestas por la educación, nos paralizan. La indignación nos eleva a las cotas más altas de nuestra propia consideración. Es en ese instante de vértigo en el que dejamos a nuestro corazón expresarse sin limitaciones sociales o morales. La indignación nos ha llevado a tal extremo y en tal extremo debemos hacer que se produzca la exclamación, la fuerza irremediable de nuestro grito. Y es entonces cuando el enemigo se perturba, se inquieta, se encuentra desarmado y perdido. Porque la indignación no sabe de cálculos ni de estrategias y ahí radica su fuerza. Y, es bueno recordarlo, su punto más débil. No lo olvidemos.

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