Bajar un punto


“Si te va muy bien, es que algo va mal”
Anónimo altermundista

Es una práctica habitual en el añejo mundo de la pintura profesional el tener un “punto”. El punto, denominado también poética y menos frecuentemente “llave” o “clave”, es una pequeña fórmula matemática que permite tasar el precio de los cuadros, así como el de las obras realizadas en papel. Se suman los lados en centímetros de la obra y el producto resultante se multiplica por el punto, siendo así que un artista con punto 10, por ejemplo, vende un cuadro de 100 X 100 cm. a 2000€, o una obra original en papel pieza única, al 50% o sea, a 1000€. En la práctica, el punto se establece al empezar una carrera artística, con las ventas en los primeros escarceos con galerías. Esta herramienta no siempre respetada ayuda a homogeneizar los precios de manera internacional, valorando el caché del artista en referencia a su curriculum o andadura profesional, lo que no quita que un estudiante recién salido de la universidad pueda situar su propio punto en donde le plazca, porque yo lo valgo. No importa. Lo principal es que sea (semi) público, una suerte de garantía para los coleccionistas que confían en que no se les está estafando con precios variables dependientes del momento, la gana o las afinidades personales. Lo principal es que éste jamás baje. El punto solo puede subir, de ahí su importancia en la así llamada revalorización de la obra. Si nuestro estudiante se excedió en la apreciación monetaria de su trabajo, no le quedará otra que disponer de un buen almacén para, como decimos brutalmente algunos en el ramo, comerse los cuadros con papitas.

Esta matemática parda tiene en el mundillo sus amantes y detractores, pero es lo más cercano que hay a una regla para tasar de forma consensuada una pintura contemporánea acabada de salir del estudio. Quienes critican este sistema alegan con razón que el valor de la obra de arte queda reducido a la cantidad de centímetros cuadrados que tenga, lo mismo un cuadro que una alfombra. Quienes lo apoyan esgrimen la excusa de “lo menos malo”. Mientras no exista otra ley, esta operación por defecto será mejor que la pura nada. En cualquier caso, el punto es un truquillo mercantil de una disciplina artística cada vez más en desuso, la pintura, que aquí nos sirve para exponer algunas situaciones peculiares que se generan cuando el valor se convierte en precio.

A nadie le pasa desapercibido que las obras de arte que se venden en el circuito profesional de las artes son carísimas. Los profanos se escandalizan mientras los entendidos cada día se sorprenden menos con los “boom” del mercado, que de hecho muchos consideran síntomas de salud. Por lo general, el arte vale caro no por costes materiales o por el empleo de una fuerza de trabajo desmesurada, sino por otra serie de cuestiones todas ellas más o menos vaporosas. Es un debate viejo – rancio y de mal gusto en algunos contextos- pero no por ello menos pertinente. Desde antes de la Cruz de Santiago en el pecho del Velázquez de Las Meninas o del gran pollo entre Whistler y Ruskin, ese no se qué que trascendentaliza las obras ha continuado en tela de juicio, pues de ellas mismas parece emanar una suerte de poder mágico que permite valorarlas y sobrevalorarlas económicamente sin que los argumentos de las autoridades que fijan esos criterios sean rebatibles.

Poner precio a una idea es una simple arbitrariedad, pero equiparar ese precio a su valor es siempre un acto de violencia, que en el caso de las obras de arte es muy superior al que se ejerce sobre otros objetos cualesquiera, si estamos de acuerdo en que las obras de arte son antes que nada ideas, objetualizadas o no. Diciéndolo más bastamente, es más “natural” ponerle precio a un kilo de papas que a una idea.

Desde que llegó en 2008, la crisis económica está golpeando a los artistas con mucha fuerza, especialmente a los canarios. Que se jodan, pienso yo, selber schuld : nadie les mandó a subirse los puntos. Ahora, en un espacio postcrisis devastado por la falta de liquidez, en donde  “no pasa nada” o “la cosa está muerta” expresiones que dan a entender que los billetes no corren joviales de mano en mano, afloran las leyendas urbanas, como por ejemplo que las galerías venden las obras con enormes descuentos, o que los artistas llegan a acuerdos secretos con coleccionistas en donde la opacidad de los precios viene aparejada a las necesidades primarias vitales de los creadores, o que resugen métodos arcaicos como el trueque, pues parece más o menos claro que doscientos euros ahora son mejor que cinco mil dentro de un año, lo que nos ha llevado a pensar sin mucho entusiasmo y resignación: ¿por qué demonios no podemos bajar el punto? E incluso más allá: ¿no sería mejor que todos bajásemos el punto? Más aún, y cuidado no nos quememos en el fuego revolucionario: ¿no crearíamos un mercado más sólido y amplio si así fuese, en donde más personas tomasen parte, en donde los clientes no tuviesen que ser por fuerza de clase privilegiada para pagar las enormes sumas que cuestan nuestras excelsas ideas? Estos pensamientos surgidos de la necesidad acaban por señalar algo nada sorprendente, naiv si se quiere, pero de importancia fundamental: el arte comercial o vendible, con sus artículos de feria (de arte), es un juego para ricos, y los precios altos son los garantes de que las reglas de ese juego no se cambian si los de arriba no quieren. Es imposible como ya vimos certificar el valor de una manifestación artística pero sí es posible tasarla con un altísimo precio, no porque la obra merezca tales honores, sino porque el objetivo es, muy al contrario, trascendentalizar el dinero en sí mismo y toda su cultura. Es por ello que las artes plásticas en específico hacen tan buenas migas con el neoliberalismo, no como la poesía. En rigor, la obra de arte en cuanto mercancía de lujo tiene pocos pilares sólidos en donde apuntalarse, como si los tiene el comercio de oro o de piedras preciosas, pues su valor es el mismo del poema.

Ni la exclusividad del objeto único, ni la supuesta tensión intelectual de la obra (“bomba de relojería” en el salón del burgués como piensan con cómodo candor algunos) ni las habilidades fastuosas de una mano genial, ni la hipócrita sacralización de un fetiche en la era del nihilismo capitalista son capaces de justificar las carestías de nuestros productos usando argumentos convincentes más allá de los símbolos de seguridad de las pertenencias de clase, números y cifras que se defienden a sí mismos mediante seductores trucos mágicos. De estas quimeras nadie se escapa, y mucho menos los artistas que nos ofendemos cuando se nos llama la atención con respecto a nuestros altos precios. La ofensa tiene que ver menos con la contingencias inmorales del mercado actual, que nos fuerza a vender caro, que con el no saber apreciar la capacidad especial esa que debemos de tener escondida, no se sabe muy bien dónde, si en el corazón, el alma o la mente, pero que produce objetos divinísimos y en justicia muy caros.

A diferencia del futbol, en el arte no existe una segunda división. O se juega con Cristiano Ronaldo firmando contratos multimillonarios o se patea la pelota en campo de tierra por amor al fútbol, perdón, al arte. Hoy por hoy, acostumbrados a una critica institucional que ya se ha convertido en un genero artístico y comercial más, a nadie se le pasa por la cabeza bajar sus precios de élite como práctica crítica (o quizás solo como estrategia para cobrar más) incentivando así de paso un mercado con unos consumidores con cuentas bancarias modestas y con unos productores menos emparentados a las estrellas del cine o el fútbol que a otros profesionales con licenciatura superior, un abanico de sueldos amplio que debería adaptarse bien a la avaricia de cada temperamento particular desde, por ejemplo el mileurismo (un sueño dorado para muchos artistas) a los altos ingresos de un neurocirujano. Por desgracia, es terriblemente cierto que a partir de determinado momento de su carrera, el artista está cuasi obligado a vender caro porque si no el coleccionista, a la japonesa, se siente estafado pagando menos por la magnífica imagen de su propio dinero. Se nos podrá reprochar de manera rigorista el bajar precios reventando la “ética del punto”, pues así se minusvalora automáticamente la obra de los artistas en todas la colecciones, debilitándose el patrimonio de los clientes privados o públicos que han invertido en un bien que solo puede revalorizarse. De nuevo nos preguntamos aquí qué instancia superior dictamina que una obra de arte no pueda (o incluso deba) ser un fracaso económico, lo que transformaría quizás nuestra ética del punto en un punto, o puntazo, de ética.

Es necesario delimitar las reglas del comercio de obras de arte, con o sin punto, si es que deseamos dejar de trabajar en una profesión dirigida por el dinero y no al revés, construyendo un bien social con una trascendencia económicamente limitada, en donde el amor por las perras y sus servidumbres ideológicas pasen a una segunda fila para poder voltear de una vez por todas esta bendita página de la crisis, crisis, crisis, crisis…qué aburrimiento.

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