Bajar un punto


“Si te va muy bien, es que algo va mal”
Anónimo altermundista

Es una práctica habitual en el añejo mundo de la pintura profesional el tener un “punto”. El punto, denominado también poética y menos frecuentemente “llave” o “clave”, es una pequeña fórmula matemática que permite tasar el precio de los cuadros, así como el de las obras realizadas en papel. Se suman los lados en centímetros de la obra y el producto resultante se multiplica por el punto, siendo así que un artista con punto 10, por ejemplo, vende un cuadro de 100 X 100 cm. a 2000€, o una obra original en papel pieza única, al 50% o sea, a 1000€. En la práctica, el punto se establece al empezar una carrera artística, con las ventas en los primeros escarceos con galerías. Esta herramienta no siempre respetada ayuda a homogeneizar los precios de manera internacional, valorando el caché del artista en referencia a su curriculum o andadura profesional, lo que no quita que un estudiante recién salido de la universidad pueda situar su propio punto en donde le plazca, porque yo lo valgo. No importa. Lo principal es que sea (semi) público, una suerte de garantía para los coleccionistas que confían en que no se les está estafando con precios variables dependientes del momento, la gana o las afinidades personales. Lo principal es que éste jamás baje. El punto solo puede subir, de ahí su importancia en la así llamada revalorización de la obra. Si nuestro estudiante se excedió en la apreciación monetaria de su trabajo, no le quedará otra que disponer de un buen almacén para, como decimos brutalmente algunos en el ramo, comerse los cuadros con papitas.

Esta matemática parda tiene en el mundillo sus amantes y detractores, pero es lo más cercano que hay a una regla para tasar de forma consensuada una pintura contemporánea acabada de salir del estudio. Quienes critican este sistema alegan con razón que el valor de la obra de arte queda reducido a la cantidad de centímetros cuadrados que tenga, lo mismo un cuadro que una alfombra. Quienes lo apoyan esgrimen la excusa de “lo menos malo”. Mientras no exista otra ley, esta operación por defecto será mejor que la pura nada. En cualquier caso, el punto es un truquillo mercantil de una disciplina artística cada vez más en desuso, la pintura, que aquí nos sirve para exponer algunas situaciones peculiares que se generan cuando el valor se convierte en precio.

A nadie le pasa desapercibido que las obras de arte que se venden en el circuito profesional de las artes son carísimas. Los profanos se escandalizan mientras los entendidos cada día se sorprenden menos con los “boom” del mercado, que de hecho muchos consideran síntomas de salud. Por lo general, el arte vale caro no por costes materiales o por el empleo de una fuerza de trabajo desmesurada, sino por otra serie de cuestiones todas ellas más o menos vaporosas. Es un debate viejo – rancio y de mal gusto en algunos contextos- pero no por ello menos pertinente. Desde antes de la Cruz de Santiago en el pecho del Velázquez de Las Meninas o del gran pollo entre Whistler y Ruskin, ese no se qué que trascendentaliza las obras ha continuado en tela de juicio, pues de ellas mismas parece emanar una suerte de poder mágico que permite valorarlas y sobrevalorarlas económicamente sin que los argumentos de las autoridades que fijan esos criterios sean rebatibles.

Poner precio a una idea es una simple arbitrariedad, pero equiparar ese precio a su valor es siempre un acto de violencia, que en el caso de las obras de arte es muy superior al que se ejerce sobre otros objetos cualesquiera, si estamos de acuerdo en que las obras de arte son antes que nada ideas, objetualizadas o no. Diciéndolo más bastamente, es más “natural” ponerle precio a un kilo de papas que a una idea.

Desde que llegó en 2008, la crisis económica está golpeando a los artistas con mucha fuerza, especialmente a los canarios. Que se jodan, pienso yo, selber schuld : nadie les mandó a subirse los puntos. Ahora, en un espacio postcrisis devastado por la falta de liquidez, en donde  “no pasa nada” o “la cosa está muerta” expresiones que dan a entender que los billetes no corren joviales de mano en mano, afloran las leyendas urbanas, como por ejemplo que las galerías venden las obras con enormes descuentos, o que los artistas llegan a acuerdos secretos con coleccionistas en donde la opacidad de los precios viene aparejada a las necesidades primarias vitales de los creadores, o que resugen métodos arcaicos como el trueque, pues parece más o menos claro que doscientos euros ahora son mejor que cinco mil dentro de un año, lo que nos ha llevado a pensar sin mucho entusiasmo y resignación: ¿por qué demonios no podemos bajar el punto? E incluso más allá: ¿no sería mejor que todos bajásemos el punto? Más aún, y cuidado no nos quememos en el fuego revolucionario: ¿no crearíamos un mercado más sólido y amplio si así fuese, en donde más personas tomasen parte, en donde los clientes no tuviesen que ser por fuerza de clase privilegiada para pagar las enormes sumas que cuestan nuestras excelsas ideas? Estos pensamientos surgidos de la necesidad acaban por señalar algo nada sorprendente, naiv si se quiere, pero de importancia fundamental: el arte comercial o vendible, con sus artículos de feria (de arte), es un juego para ricos, y los precios altos son los garantes de que las reglas de ese juego no se cambian si los de arriba no quieren. Es imposible como ya vimos certificar el valor de una manifestación artística pero sí es posible tasarla con un altísimo precio, no porque la obra merezca tales honores, sino porque el objetivo es, muy al contrario, trascendentalizar el dinero en sí mismo y toda su cultura. Es por ello que las artes plásticas en específico hacen tan buenas migas con el neoliberalismo, no como la poesía. En rigor, la obra de arte en cuanto mercancía de lujo tiene pocos pilares sólidos en donde apuntalarse, como si los tiene el comercio de oro o de piedras preciosas, pues su valor es el mismo del poema.

Ni la exclusividad del objeto único, ni la supuesta tensión intelectual de la obra (“bomba de relojería” en el salón del burgués como piensan con cómodo candor algunos) ni las habilidades fastuosas de una mano genial, ni la hipócrita sacralización de un fetiche en la era del nihilismo capitalista son capaces de justificar las carestías de nuestros productos usando argumentos convincentes más allá de los símbolos de seguridad de las pertenencias de clase, números y cifras que se defienden a sí mismos mediante seductores trucos mágicos. De estas quimeras nadie se escapa, y mucho menos los artistas que nos ofendemos cuando se nos llama la atención con respecto a nuestros altos precios. La ofensa tiene que ver menos con la contingencias inmorales del mercado actual, que nos fuerza a vender caro, que con el no saber apreciar la capacidad especial esa que debemos de tener escondida, no se sabe muy bien dónde, si en el corazón, el alma o la mente, pero que produce objetos divinísimos y en justicia muy caros.

A diferencia del futbol, en el arte no existe una segunda división. O se juega con Cristiano Ronaldo firmando contratos multimillonarios o se patea la pelota en campo de tierra por amor al fútbol, perdón, al arte. Hoy por hoy, acostumbrados a una critica institucional que ya se ha convertido en un genero artístico y comercial más, a nadie se le pasa por la cabeza bajar sus precios de élite como práctica crítica (o quizás solo como estrategia para cobrar más) incentivando así de paso un mercado con unos consumidores con cuentas bancarias modestas y con unos productores menos emparentados a las estrellas del cine o el fútbol que a otros profesionales con licenciatura superior, un abanico de sueldos amplio que debería adaptarse bien a la avaricia de cada temperamento particular desde, por ejemplo el mileurismo (un sueño dorado para muchos artistas) a los altos ingresos de un neurocirujano. Por desgracia, es terriblemente cierto que a partir de determinado momento de su carrera, el artista está cuasi obligado a vender caro porque si no el coleccionista, a la japonesa, se siente estafado pagando menos por la magnífica imagen de su propio dinero. Se nos podrá reprochar de manera rigorista el bajar precios reventando la “ética del punto”, pues así se minusvalora automáticamente la obra de los artistas en todas la colecciones, debilitándose el patrimonio de los clientes privados o públicos que han invertido en un bien que solo puede revalorizarse. De nuevo nos preguntamos aquí qué instancia superior dictamina que una obra de arte no pueda (o incluso deba) ser un fracaso económico, lo que transformaría quizás nuestra ética del punto en un punto, o puntazo, de ética.

Es necesario delimitar las reglas del comercio de obras de arte, con o sin punto, si es que deseamos dejar de trabajar en una profesión dirigida por el dinero y no al revés, construyendo un bien social con una trascendencia económicamente limitada, en donde el amor por las perras y sus servidumbres ideológicas pasen a una segunda fila para poder voltear de una vez por todas esta bendita página de la crisis, crisis, crisis, crisis…qué aburrimiento.

No hay Trackbacks

You can leave a trackback using this URL: http://futuropublico.net/2010/10/25/bajar-un-punto/trackback/

7 Comentarios

  1. Ramiro Carrillo

    Una de las cuestiones de orden pragmático que obligan unos altos precios para los objetos artísticos es el hecho de que los consumidores de dichos objetos no son sólo ricos, sino, además, raros. Por eso no creo que un abaratamiento del arte induzca una ampliación del mercado. A un imaginado artista feliz, porque sea capaz de vender, pongamos, una obra de 6000 euros al mes (que una vez deducidas comisiones, gastos e impuestos, le deje con el digno sueldo de funcionario medio) le sería más difícil vender dos obras de 3000, y mucho más si fueran 10 de 600, porque los degustadores del arte contemporáneo no son tantos como, a veces, nos gusta imaginar.
    Posiblemente, el primer efecto de la “práctica crítica” del abaratamiento de los precios sería que los artistas ganaran menos, lo cual para la mayoría de ellos sería catastrófico, toda vez que la actividad artística es de las menos rentables que existen, en el sentido de la enorme cantidad de tiempo no remunerado que precisa: tiempo de formación, de experimentación, de trabajo sin “inspiración”, de pensar, en definitiva, cómo demonios gestionar las inseguridades, las limitaciones, los pequeños o grandes fracasos personales. Todos los artistas saben, parece que hasta Turner lo sabía, la cantidad de horas improductivas que hay detrás de una obra exitosa.
    Así que a las hordas de esforzados artistas “antiburgueses” que producen las facultades de Bellas Artes no les queda más remedio que apelar al poder adquisitivo de las clases altas, no ya para forrarse (ya les gustaría), sino para ingresar lo suficiente para (deduciendo comisiones, gastos e impuestos) llegar a fin de mes con esta profesión incierta, aventurada y costosa como pocas.
    Dicho esto, quiero añadir también que los artistas, en muchos casos, son un poco señoritos. O dicho de otro modo, qué duro es sobrellevar el prestigio histórico de las Bellas Artes, reciclado ahora en un no menos prestigioso “arte de vanguardia”. Los profesionales relacionados con aquello que llamábamos “artes aplicadas” (diseñadores de todo tipo, muralistas, decoradores, grafistas y grafiteros, joyeros y bisuteros, modistos y demás personal con trabajos creativos) no suelen tener reparos en verse a si mismos como empresarios y establecer una negociación, con resultados más o menos dignos, entre su creatividad y la rentabilidad de su producto. Los artistas (y, en general, la institución arte) tienden a creer firmemente que hacer eso es “venderse”, de forma que prefieren encontrar un trabajo de camarero y mantener la integridad de su arte que buscar formatos prácticos para sus ideas artísticas. ¿Haría un artista serio un juego “artístico” de cartas de naipes (permítaseme el ejemplo idiota)? De ninguna manera, antes muerte que susto. Así que el verdadero artista, como un heroico almirante, llega a buen puerto o se hunde con su flota, pero no hace concesiones, porque ya se sabe, la belleza será convulsiva, o no será, pero vender(se), ni de broma.
    Por eso respeto que los artistas “serios” sigan vendiendo carísimas sus obras superintelectuales para prestigiar las estupendas mansiones de los ricos, como siempre ha sido, por otra parte. Es lo normal. Pero debo reconocer que me emociono cada vez más cuando descubro obras con calidad de esos otros artistas, “menores” porque han elegido el “camino del mal” aplicando su “arte” a la fabricación de objetos de consumo que, cuando tienen buen punto, funcionan como felices alternativas a aquellos otros objetos que nos vienen dados desde las factorías internacionales de diseño de iconografía de consumo.
    Sigo disfrutando de los artistas capaces de crear obras de arte “museables”, pero también celebro el trabajo de gente como Rayco Rodríguez “Yuio”, que le ha dado por fabricar peluches para las tiendas, y su muñeco guanche “Guanchico”, arte para niños, tiene ternura, inteligencia e ironía, y oiga, como “bomba de relojería” es de las mejores que he visto, al módico precio de 15 euros.

    Comentado 28/10/2010 a las 11:32 pm | Permalink
  2. José Otero

    Vaya, qué malas noticias. Yo tenía la vaga impresión de que cada vez más había gente dispuesta a comprar arte con el convencimiento de no ser raritos, siempre que no se les clavase, por supuesto. Solo a un rarito se le puede vender una obra a más de cinco mil euros, desde luego.

    En relación a cómo está organizado el mercado del arte, desde su cúpula a sus bases, todo mi artículo rebosa impertinencia. Si uno practica la reducción de precios a medio y largo plazo (que no a corto, créanme) pasará de comer deliciosa fabada Litoral a arroz. Sin embargo aceptar “lo que hay”, o como decía Pepe Cuyás en su artículo “la fuerza de las cosas”, demuestra una voluntad bastante acomodada. Y ojo que de lo que hablamos es de poder acomodarnos, pero todos.

    El mercado del arte está dominado por la estética del mercado. Eso es básicamente lo quería decir. Este utiliza algunas ideas estéticas muy viejas para darle brillo a un tipo negocio muy concreto de corte neoliberal que cuatro tipos con nombre y apellido se inventaron allá por los setenta, y que me resulta inmoral. Estaría bien dotar al mercado de otras líneas para la actuación, porque no soy capaz por ahora de imaginar arte sin mercado. Para empezar quizás plantear teóricamente la posibilidad de una segunda liga más estable, con precios más bajos y más consumo. No me parece ninguna utopía o idea descabellada por mucho que en estos momentos duros lo parezca.

    En las charlas de cafetín que consumen nuestras vidas, los artistas con menos de tres euros en el bolsillo parloteamos sobre “cómo montárnoslo” mirándonos siempre en el espejo de las grandes estrellas del arte, los modelos a imitar, sin tener la suficiente imaginación para mirarnos en otros espejos, quizás porque el reflejo de un profesional autónomo creativo es menos chachi y seductor que ¡oh, el Artista! Por ahí se cuela también el discurso de venderse y prostituirse, otro de los mitos-mala-conciencia provenientes de las mismas fuentes que critico. Y sinceramente la formación, inseguridad, limitaciones, experimentación de las que hablas no creo que sean exclusivas en absoluto del ramo de los artistas “serios” o no.

    La máxima de que el grado de excelencia de las obras debe traducirse en montañas de dinero me parece un retruécano fenicio desvergonzado. Las aspiraciones personales de casi la totalidad de los artistas, que al terminar el primer boceto de su vida sueñan con compartir las mieles de la inmortalidad en el parnaso vip de los Genios, que siempre son muy pocos y a los que siempre se les debe pagar más de lo debido, antes que veleidades para almas presumidas provenientes de la tradición romántica, me parecen pura raterías mercantiles organizadas por gente a la que le gusta hablar más del dinero que del arte. Lo peor es que hasta nos la pegan con los temas de conversación.

    Comentado 29/10/2010 a las 1:45 pm | Permalink
  3. Ubay Murillo

    No sé si “rarito” es la palabra correcta para designar a alguien que se gasta cinco mil euros en una obra de arte. Un empresario, al que le vaya bien -haberlos haylos-, un publicista, un neurocirujano o psiquiatra de alto nivel puede gastarse ese dinero si le place, mínimo, una vez al año. Si lo “raro” designa a esta gente, alguien, por ejemplo, que se gaste treinta mil, sería digno de elogiosos insultos por tu parte. Si vas a un evento “mercantil artístico” de nivel medio alto (por nivel de artistas y galerías) ese precio de “rarito” es “normal”.

    El mercado del arte siempre ha estado dominado por la estética del mercado. Dudo que haya habido una época donde el arte no haya sido remunerado (de una u otra manera) salvo que te refieras a una época anterior a la invención de la ciudad. Apelar a algo anterior a eso, sí que podría determinar un error en la valoración del mismo. Creo, además, que está implícito en el concepto que utilizaste de “mercado del arte”.

    Con respecto al planteamiento de la “segunda liga” del que hablas, existe, en realidad, desde hace mucho tiempo, Seguramente existe desde que existe el mercado, o sea, desde siempre. Un ejemplo reciente para entenderlo: todo lo que no es Art Basel (y unas cuantas ferias más a las que van las galerías de Art Basel y algunas de las que no entraron) es segunda división. Ahora; llegar a esa segunda división no resulta tampoco tan fácil, exige la misma “prostitución” (Otero dixit, vía mala conciencia) que en la primera … o es que acaso cree que si gana menos se vende menos? No haré el símil con la prostitución porque sería demasiado obvio (se lo pueden imaginar).
    Una puntualización más sobre ese tema, ¿por qué esa supuesta segunda liga es más estable que la primera? se ha destruido alrededor del 25% del tejido galerístico y lo relacionado con el arte (dicen algunas publicaciones). Por lo visto, la mayoría de ese tejido venía de esa segunda liga. La segunda división, tan exigida por algunos, es el punto al que llegan muchos artistas durante su carrera. Venderán obra a algunos museos, se quedarán sus cuadros en alguna institución, gobierno, ayuntamiento … llegarán a las casas de la alta burguesía del país donde vivan o donde trabajen sus galerías, irán a algunas ferias de más o menos prestigio … Buscar el “origen del mal” (suponiendo que existe ese “origen”) hace cuarenta años es tener una falta de vista asombrosa.

    Obviamente el grado de excelencia, que se traduce algunas veces en grado de prestigio, no tiene que ver con la cantidad de montañas de dinero que genere. Tiene que ver con el grado de apreciación del espectador, e incluso con el consenso que la obra genera acerca de sus excelencias. Hablar de una cosa, excelencia, no tiene que ver con la otra, dinero. Eso lo saben todos. Que se hable de dinero cuando se habla de arte no me parece una cosa tan “anormal”, la mayoría de la sociedad habla de lo que se gastó en su nevera, de lo poco que puede hacer con su dinero, de si le congelan el sueldo, de lo que le aprieta la hipoteca, de lo poco que le pagan por hora, de las ofertas del supermercado de turno, de lo que cuesta ahora un Damien Hirst, de la última exposición de Fulano y sus -altos o módicos- precios, si se compró un dibujo, a buen precio, de Mengano. Si a uno le gusta hablar de arte, le guste o no, tendrá que hablar de dinero. Si quiere hablar de metafísica posiblemente no lo necesite.

    Comentado 01/11/2010 a las 9:02 am | Permalink
  4. José Otero

    No sé si respondes a la intervención de Ramiro o a la mía. Lo del rarito es de Ramiro y supongo que tendrá que ver con el snobismo. En cualquier caso no es mi intención insultar a nadie y menos de forma elogiosa. Creo que lo que cuento es bastante sencillo: estoy disconforme con el modelo de negocio del mundo del arte y esta disconformidad se instala en una cuestión de grado, no en un majo y limpio. Me gustaría que fuese un negocio que bajase uno o varios escalones en la pirámide social para que más gente pudiese participar de él y trato de argumentar muy muy brevemente qué intereses estético/económicos se esconden detrás de los altos precios. El que “las cosas siempre hayan sido así” me la trae al pairo, ya es hora de que sean “asao” o que al menos se pueda comentar la posibilidad de un cambio, incluso cuando éste sea estructuralmente inviable.

    Lo que llamas segunda liga para mi no es segunda liga en absoluto. De nuevo, cuestión de grado. Yo que personalmente me considero jugando en tercera regional campo de picón me parece que vendo productos a precios abusivos sin ningún fundamento serio que sustente tales sumas, ni formación, ni tiempo empleado, ni coste material, ni potencia intelectual, ni magia potagia. ¿Por qué son los cuadros tan caros? Porque están insertados en un mercado de élite, uno muy específico. Mercados hay muchos, el de las papas y el de los diamantes. Me gustaría que el del arte se acercarse al de las papas. Y al de la metafísica también, que es más diver.

    Comentado 01/11/2010 a las 10:55 am | Permalink
  5. Ubay Murillo

    @José Otero: En realidad respondía un poco a algunas de las palabras que ponías en los textos (“bajar un punto” y el comentario anexo). Sólo quería señalar que lo que cuentas no es “tan sencillo”. O dicho de modo, no se separa tan fácilmente el arte del mercado -en mi opinión lo que ahora entendemos como arte nace, casi a la par, que el mercado y no se puede hablar de lo uno sin lo otro- porque el arte no es algo “fuera del mundo” por decirlo a lo bruto. Eso que mencionas de que baje varios escalones es lo que pasa desde el principio del mercado, siempre ha existido esa diferencia de grado. Dónde encajamos los diferentes artistas responde a otras cuestiones más complicadas que la mera excelencia. Pero en realidad cualquiera puede comprar arte si es a lo que te refieres. Uno puede ir a una galería hoy mismo en Berlín o en La laguna y gastarse 150€ en una obra, eso ya existe (repito, siempre ha existido … desde que hay un arte caro existe inmediatamente uno barato … los chinos no inventaron eso). No existe esa élite que mencionas, o más bien, claro que existe esa élite, pero como existe en todos los mercados. Decir que hay que quitar esa élite implica que hay que quitar todas las demás, lo cual, de alguna manera, minusvalora la excelencia (en la medida en que uno paga más, casi siempre, por algo mejor). Uno se compra las papas más baratas que hay, o unas papitas negras y se las come con un buen mojo, o con uno del bote más barato que encontró en el todo-a-un-euro . Ambas opciones existen y como tú dices mercados hay muchos … uno decide en cual se coloca (o al menos lo intenta). Dicho todo esto, comparto bastante de lo que dices pero creo que cometes errores de apreciación con respecto a las relaciones entre arte y mercado.
    Y eso de que la metafísica es más diver que el mercado no sé yo …

    Comentado 01/11/2010 a las 3:36 pm | Permalink
  6. Ramiro Carrillo

    Precisaré que no dije “rarito” sino “raro”, el diminutivo lo añadió Otero. De cualquier manera, coincido bastante con él, en su demanda de que el mercado del arte bajara algunos escalones en la pirámide social, creo que las artes visuales deben tener unos precios que puedan pagar los ciudadanos y no sólo sus dirigentes.
    Sin embargo, opino que aunque el mercado tiene lógicas muy perversas –algunas de ellas Otero las ha descrito muy bien aqui– tiene también lógicas razonables, y algunos de los factores que apuntalan el valor de una obra de arte no son desdeñables en absoluto. Por ejemplo, discrepo radicalmente de Otero cuando se pone él mismo de ejemplo de artista sobrevalorado: creo que la relación entre el valor y el precio de sus cuadros no es de ninguna manera un disparate, ni el ejemplo de lo que estamos viendo, porque de otro modo Otero podría afirmar que está muy satisfecho con sus ingresos mensuales, cosa que apuesto a que no hará.
    Por eso no sólo coincido con que el mercado del arte está regido por la estética del mercado, sino que afirmo que esa lógica (la del mercado del arte) es la única bajo la que el arte contemporáneo, tal y como está estructurado, puede funcionar en términos económicos. Es decir, que lo que cabría hacer, en caso de que quisiéramos hacer algo, no es “cambiar el mercado del arte” sino “cambiar el arte”. Para mi, el ejemplo paradigmático (y paradójico) sería la obra del propio Otero, porque es un tipo de obra que por su propia vocación intelectual y formal (técnica) precisa de un soporte que permita concederle un valor –y con ello un precio– distintivo de otras actividades no tan, digamos, coprometidas, y sin embargo también complicadas, como puede ser –se me ocurre– lacar puertas (y sinceramente le deseo a Otero que pudiera ganar lo mismo que el especialista que lacó las puertas de mi casa). Dicho de otra manera, desde mi punto de vista si Otero quiere bajar sus precios tendrá que pintar unos cuadros menos excelentes.
    En fin, en realidad me temo que sólo estoy insistiendo en mi argumento; no creo que la clave para que haya más gente en el arte resida en el mercado del arte, sino en las formas (y formatos de socialización) que adopta el arte mismo.

    Comentado 01/11/2010 a las 8:36 pm | Permalink
  7. José Otero

    Bueno, bueno, procuraré no repetirme mucho. Sigo pensando firmemente que el arte contemporáneo está dirigido por una élite económica, de hecho me parece una obviedad. Trato de imaginar que “otro mercado es posible”, aquí y no fuera del mundo. Critico a esa élite porque me toca como profesional, como critico en general que el dinero lo tengan unos pocos.
    La cuestión de la excelencia sin embargo creo que daría para uno o mas artículos, porque se las trae. Debo ser un poco tonto porque yo no veo tanta excelencia en las producciones de arte contemporáneo actual, no porque los artistas seamos malos, sino porque la excelencia es una categoría obsoleta. Paseando por ferias y bienales no se ve nada excelente, cosas con gracia lo más, adecuadas o pertinentes en el momento, lo máximo. Todo el arte hoy es mediocre porque en nuestra época no existen apuntalamientos seguros primero para valorar, y segundo para traducir ese valor en precio. Sin querer tirar de relativismo o subjetivismo, pienso que la Institución en todos sus loables y sinceros esfuerzos solo puede en nuestra época – por una cuestión estructural y no de falta de inteligencia o rigor- certificar valores de una manera provisional o parcial o temporal, con criterios mas o menos intercambiables dependientes de contextos que se zarandean si cesar. El hecho de que las diferencias de precios entre los distintos artistas sea tan abismal solo le añade más error al asunto e instala de paso a muchos profesionales en la precariedad. En principio, tasar la calidad con un menor precio no debería reducir el valor de la misma, creo. Pero bueno, lo dicho; aquí está el meollo del asunto, la cuestión del valor, y su posterior trasvase al precio. Sigo sin saber, obtuso, por qué el arte es tan caro. “Es lo que hay”, supongo. Y si no, a lacar puertas.

    Comentado 02/11/2010 a las 11:48 am | Permalink

Escribe un Comentario

Debes estar conectado para comentar.