Motivos para no colaborar con la Bienal de Arquitectura, Arte y Paisaje

Algunos motivos por los cuales la Bienal de Arquitectura, Arte y Paisaje de Canarias resulta perjudicial para la ciudadanía


La Bienal de Arquitectura, Arte y Paisaje patrocinada por el Gobierno de Canarias, que este año cumple con su tercera edición, está vinculada al fenómeno de la bienalización de la cultura y, de manera más general, al de la museificación de cualquier cosa. Resulta fascinante –y brutal- el modo en que la consciencia social tardomoderna ha interiorizado aquella proclama del “todo es arte” con que algunos artistas de los sesenta pretendían subvertir el medio artístico. La contrapartida de aquella artistificación de lo ordinario era, como es obvio, la experiencia, ampliamente compartida ya por entonces, de que “todo es mercancía”. Lo cierto es que hoy resulta cada vez más difícil pensar en algo, en alguna cosa o acontecimiento, que no sea susceptible de ser conservado y archivado. La conversión del deseo diferenciador de unos pocos en una función diferenciadora del capital ha venido siendo, de manera paradójica, el penoso destino al que se han visto abocadas las promesas de novedad del arte moderno. Pero no es desde una perspectiva tan amplia desde la que me gustaría abordar el asunto que nos ocupa. Obviemos en esta ocasión el argumento que vincula los procesos de bienalización en un mundo museificado con los nuevos modos en que el capitalismo del consumo se celebra a sí mismo como espectáculo. Adentrarnos en estos meandros estéticos e ideológicos nos alejaría de lo que más nos interesa, lo que hay de particular en la citada Bienal, una singularidad que permite explicar por sí misma las razones concretas por las que resulta nociva para el bien común.

Los males a los que aludo no son ningún secreto y pueden resumirse de manera sencilla: La Bienal de Arquitectura, Arte y Paisaje no es seria. Entiéndase que la seriedad es un efecto y que otorgamos esta cualidad en función del grado de convencimiento que alguien o algo tiene para nosotros. Sería demasiado fácil, en este sentido, atender a las vicisitudes tragicómicas por las que ha atravesado desde su gestación, o a ese elocuente eslogan de su segunda edición, el de Silencio, que de manera consecuente y en un alarde de estética “conceptual” resultaba invisible en las vallas donde se publicitaba, por no hablar de ese increíble juego interactivo al que se ha denominado Matriz en la página que tiene colgada en la red y que, en efecto, viene a ser como la metáfora uterina del proyecto, dispuesta a ser fecundada si el visitante acierta a introducir en algún hueco de su estructura una semilla de sentido. No se trata de poner el acento en lo que pueda haber en todo este asunto de grotesco o de jocoso, algo que por lo demás resulta casi consustancial a la práctica del arte contemporáneo y de sus instituciones, sino de interpretar la seriedad en el sentido que le damos en el habla cotidiana, como cuando decimos de alguien que habla en serio, es decir, que es un hombre de palabra, o lo que es lo mismo: que cumple con lo que promete. Para ser sincero, no creo que haya ninguna Bienal que cumpla a rajatabla con lo que promete. Como ocurre con cualquier producto y, en mayor grado, con cualquier producto cultural, es obvio que los objetivos o intereses publicitados no coinciden con los objetivos o intereses reales. Pero en toda retórica publicitaria hay grados de convicción, sean conscientes o inconscientes, en función de la credibilidad, del efecto de verdad, que otorguemos al anunciante. La cuestión es que el arte todavía hoy es una mercancía especial -bien es cierto que cada día más difícil de diferenciar de cualquier otra- y sus consumidores o su público actual se distinguen por un hábito autorreflexivo: la obra de arte contemporánea es un producto cultural que en su propia praxis activa una reflexión sobre la experiencia que hacemos de las cosas y de los demás –como mercancías-. La Bienal de Canarias ha elegido como tema central, no sé si a conciencia o por mera imprudencia, nada menos que el Paisaje, por lo que se ve obligada de manera inevitable a abordar en sus actividades y debates el problema más grave y determinante que en estos momentos tiene la sociedad canaria, tanto desde un punto de vista económico, como político o cultural. Pues bien, teniendo en cuenta que al consumidor público del arte hay que convencerlo según una retórica que cumpla con las convenciones propias del medio –lo que hoy se consideraría como “estética y políticamente correcto”- no creo equivocarme al afirmar que no hay ninguna otra Bienal en la que aquello que se promete esté más palmariamente alejado de la realidad, o sea que resulte menos persuasiva y por tanto menos seria, que la Bienal de Canarias.

Se puede alegar, con razón, que también hay otros campos de la vida social que han perdido su credibilidad, que tampoco la universidad o la política local, por ejemplo, producen un efecto de seriedad. O puestos a hacer comparaciones que tampoco lo produce la política nacional, o que hay también personajes muy relevantes en el poder como un Berlusconi, un Sarkozy, o un Benedicto XVI a los que con dificultad podríamos atribuirles la dignidad que por su cargo cabe otorgarles. Otro tanto ocurriría, cambiando de tercio, con el ámbito económico: en plena crisis sistémica no da la impresión de que el capital financiero se esté moviendo con mucha credibilidad en los últimos tiempos. Esta percepción colectiva de una falta de seriedad generalizada en la vida pública fue diagnosticada por Sloterdijk, hace ya bastantes años, como una consecuencia del predominio generalizado de la razón cínica. Lo que todos estos ámbitos a los que nos hemos referido tendrían en común es una moderna patología moral consistente en un cinismo difuso y expandido. De nuevo aquí habría que abordar el problema como una cuestión de grados. Cuando hablamos de arte, por ejemplo, no habría artistas, o críticos, o gestores puros, por un lado, y cínicos, por otro. Todos los que formamos parte del medio artístico, como todo ciudadano, tenemos que vérnoslas en primer lugar con el cínico que llevamos dentro. El cinismo no es un problema individual, es un fenómeno de época. La diferencia entre unos agentes y otros estribaría en el grado de cinismo consciente que cada cual está dispuesto a sobrellevar.

Dicho esto, la frase inicial puede completarse ahora diciendo que la Bienal no es seria porque manifiesta sin disimulo ni rubor un grado de cinismo que resulta obsceno para cualquiera que no tenga intereses personales en ella. El hecho de que muchos de sus participantes o colaboradores puedan estar de acuerdo, en mayor o menor medida, con la afirmación que acabo de hacer –y me consta que algunos lo estarán- es indicativo de la dificultad que entraña adoptar una posición crítica ante el cinismo universalizado y frente a un evento como el que nos ocupa. Ya Benjamin señaló la falacia de fantasear con una crítica que pudiera ser ejercida desde el “afuera”. No hay ningún lugar exterior desde el que posicionarse para analizar o criticar los acontecimientos de nuestra vida social. Todo ejercicio crítico debe por tanto plantearse desde la inmanencia. Pero ante la razón cínica el ejercicio de la crítica se topa con una dificultad nueva y casi insalvable. Como “ilustrado desilusionado” al cínico no se le puede convencer con argumentos razonables, no se le puede iluminar, por la sencilla razón de que él ya conoce la verdad. Volvamos a nuestro tema y para no enredarnos en ontologías dejemos establecido que cuando hablamos de verdad lo hacemos en un sentido profano y vulgar, como cuando alguien le pide a otro que le diga la verdad sobre algo, verdad que como es obvio no es ni una cosa ni una sustancia, sino eso sobre lo que alguien inquiere y que en este caso puede verse satisfecho en el acto del habla. Vayamos pues con esa verdad obvia y bobalicona de puro evidente que rodea todo este asunto.

En la Bienal, con independencia de las voluntades particulares, debe haber, como cabe esperar, diversos y antagónicos valores en juego. Cuando se trata de valores ya sabemos que lo importante es sopesar cuál es el más fuerte, cual es la potencia que domina. Pues bien, no dudo de que habrá valores estéticos, ecológicos o paisajísticos en juego, pero el valor que predomina a todas luces es estricta y netamente ideológico. La verdad que todos sabemos sobre la Bienal de Canarias es que consiste en un instrumento de propaganda que sirve a determinados intereses políticos y económicos. Su función primera y determinante, su finalidad, es pues de tipo ideológico. Ideología equivale aquí, en el sentido clásico de la dialéctica materialista, a la falsa conciencia. O sea, que su principal cometido es el de levantar una pantalla cuyas seductoras idealizaciones y fantasmagorías contribuyan a distraer o falsear la realidad. Una función, dicho sea de paso, que se acomoda mal con el arte, con la tradición del arte que nos interesa, cuya función siempre ha sido, ayer como hoy, justamente la contraria: la de hacer ver con claridad. Esa realidad falseada a la que aludimos es también, por otro lado, una verdad a voces: en unas islas que viven del monocultivo de un producto cultural, del Paisaje precisamente, determinados grupos políticos y económicos que vienen ostentado el poder prácticamente desde la transición se han beneficiado de manera excluyente de la explotación del territorio. La lógica del progreso y del beneficio económico ha justificado la mercantilización de las islas en su práctica totalidad como atracción turística. A las contradicciones propias de un capitalismo del consumo cabe añadir las que resultan de una economía del ocio en la que es el propio hábitat el que se ve sometido a la lógica del mercado. En Canarias a las diferencias económicas y sociales cabe añadir las diferencias, cada vez más ostentosas, de habitabilidad. Ante esta situación el Gobierno autonómico muestra su preocupación, pretendidamente seria, patrocinando una Bienal que “se ofrece como una plataforma de debate pluricultural para propiciar un espacio, libre, abierto e imaginativo, que enfoque la agenda compleja del paisaje y del territorio en Canarias, aportando una visión nueva y rigurosa al contexto internacional de este gran debate”.

Dejando de lado el galimatías gramatical, para comprobar la falsedad manifiesta de estos supuestos objetivos, un debate libre y abierto sobre el Paisaje en Canarias, basta con ojear en la red el llamado Observatorio del Paisaje. En él se ofrecen algunas vistas de las islas, “puntos de observación” les llaman, con breves comentarios. Para abrir ese hipotético debate “libre” su planteamiento es tan “nuevo y riguroso” que si no fuera porque estamos visitando una página oficial pensaríamos que se trata simplemente del mal chiste de algún artista moderno intentando parodiar las guías turísticas al uso. La imagen que la página de la Bienal ofrece de los complejos y urgentes problemas del Paisaje en Canarias resulta ser equiparable a la imagen publicitaria e idealizada que ofrecen los hosteleros y la Consejería de Turismo. La decepción no resulta menor si revisamos los programas de debate. Es casi ridículo insistir en que el Gobierno autonómico no quiere crear “en serio” una plataforma en la que se polemice sobre su política territorial. Por otra parte ¿por qué iba a hacerlo? Como tampoco cabe atribuirle un interés muy “serio” por las artes, ¿por qué iba a tenerlo cuando los propios artistas no se posicionan “en serio” y se muestran agradecidos con lo que hay? Para agravar más las cosas se trata de un evento exclusivamente institucional –puesto que en Canarias, a diferencia de otras autonomías, el mercado de arte es prácticamente inexistente- y su actual director está vinculado orgánicamente al Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y es parte activa en la conformación y planificación, de hecho, del territorio.

Ya digo que sobre buena parte de lo que llevo escrito puede existir un consenso amplio entre los agentes culturales, aunque quizás haya a quien le venga resultando un fastidio el tener que leer esto de que el rey está desnudo cuando ya todos lo sabíamos, y sin embargo, y aunque parezca absurdo, un grupo numeroso de artistas, intelectuales y gestores artísticos locales consideran que la Bienal es una oportunidad que no debe dejarse escapar. Esta actitud resulta más difícil de explicar que la del sector oficial o institucional, puesto que al fin y al cabo ellos sacan una clara ventaja de esta operación que distrae de los problemas reales de la ciudadanía utilizando como ornamento el prestigio cultural del arte moderno, o sea, estetizando el Paisaje. Creo que hay dos posiciones entre quienes piensan que se debe colaborar en una actividad que no tiene, incluso para ellos, ninguna credibilidad como evento cultural. Por un lado, estarían los cínicos más o menos conscientes, aquellos que como ya hemos dicho conocen la verdad pero no actúan en consecuencia, es decir, aquellos que saben en la teoría de los males de los que hemos hablado, pero que en la práctica siempre se pliegan ante la “fuerza de las cosas”. El cínico puede ser lúcido y clarividente, pero como sujeto escindido y autosatisfecho es incapaz de ofrecer la más mínima resistencia ante los reclamos del poder -así son las cosas-. De otro, estarían aquellos que con buena intención participan con su tiempo y su trabajo porque consideran que su colaboración contribuye a la dinamización del arte en Canarias. Considero que esta segunda posición resulta ingenua y que de manera involuntaria antepone un cinismo de los medios al dominio innegociable de los fines. Quiero decir que esta actitud se asemeja a ese cinismo involuntario y bien intencionado heredado de la Ilustración gracias al cual estando el sujeto “desilusionado” puede reconocer e incluso defender la utilidad social de la ilusión. Así, por ejemplo, se puede llegar a defender la utilidad social de la religión sin ser creyente o, dado el caso, la utilidad social de una Bienal instrumentalizada de una manera partidista sin pertenecer o tener intereses directos en el partido. Todo este asunto creo que se puede aclarar de una manera sencilla preguntado con realismo por los fines. Cuando los fines son falsos y espurios y, sobre todo, como es el caso, cuando se ofrecen con liberalidad los “medios” a condición de que de una manera tácita se evite aludir a los “fines”, nos encontramos con un ejemplo de manual de aquello que Horkheimer llamó hace tanto tiempo “razón instrumental”. O dicho de la manera más burda, ante la lógica del capital –lo que hoy eufemísticamente llamaríamos “los mercados”-.

La cuestión entonces sería la siguiente: ¿lo que tiene una finalidad contraria a los intereses de la ciudadanía puede justificarse como un “medio” para dinamizar la escena artística? Por lo que llevo escrito ya se puede suponer cual es mi respuesta, pero el paciente lector que haya arribado a estas líneas puede tener la seguridad de que no voy a seguir insistiendo en argumentar sobre lo obvio, ni en ofrecer más razones sobre los fines a quienes están inmunizados ante cualquier argumento que no sea el de la “fuerza de las cosas”. Para terminar sólo me gustaría apuntar una preocupación personal que es, en realidad, la que me ha llevado a escribir este texto. Hasta ahora venía observando con cierta curiosidad los despliegues promocionales de la dichosa Bienal, pero en este año ha comenzado en la Facultad de Bellas Artes un master sobre Arte, Paisaje y Territorio en el que entre otros compañeros también imparto docencia. La cuestión es que la Bienal colabora con el nuevo master, lo que resulta beneficioso para la Facultad puesto que de este modo se satisfacen en lo formal los criterios de ese otro ejemplo de instrumentalización de los medios frente a la intangibilidad de los fines que es el desafortunado plan de Bolonia. Se plantea aquí una cuestión que considero debe abrirse al debate, la de la relación entre ese ejercicio de propaganda partidista que es hoy la Bienal y el citado master. La situación puede clarificarse por lo que respecta a la “fuerza de las cosas” si se tiene en cuenta que la Facultad de Bellas Artes, como toda La Universidad de La laguna, depende de las partidas presupuestarias del mismo Gobierno y del mismo partido que patrocina la Bienal. Pero no es este el foro en el que se debe discutir sobre estas cuestiones, máxime cuando todavía no está definido el modo de colaboración entre ambas entidades. Tan sólo quiero dejar apuntado que también en esta cuestión, la de las relaciones entre la Bienal y la Universidad, lo que para unos es una fuente de oportunidades, para otros, por lo menos para mí, no es, me temo, sino la constatación de que “vendrán más años malos y nos harán más ciegos”.

Nada más lejos de mi intención que el caer en el victimismo y en las jeremiadas. Hay que mantenerse activos y no dejarse llevar, en lo posible, por esos dos grandes males de la conciencia moderna: la melancolía, que nos arrastra a la impotencia y en última instancia a la inactividad, y el cinismo, que nos aboca a la desilusión y somete toda actividad a la ley de la fuerza dominante. Considero que hay margen para actuar en el ámbito local, incluso a pesar de esa desmovilizadora y generalizada actitud de obediencia debida a los cauces oficiales que se ha generalizado en nuestra escena artística. De hecho, en la isla de Tenerife se están desarrollando, por ejemplo, iniciativas sensatas en las que se busca equilibrar el interés promocional de los artistas jóvenes con los intereses de autopromoción de las instituciones culturales vinculadas al Gobierno o al Cabildo. El espacio Area 60 del TEA o exposiciones como 25 pies son buen ejemplo de ello. El problema, como es lógico, no estriba en colaborar con las instituciones vinculadas al poder político, sino en cuáles son los términos en que se establece dicha colaboración. Uno puede prestarse a servir de correa de transmisión de los intereses particulares del partido de turno, o bien hacer justamente lo contrario, desarrollar proyectos convincentes y a medida que se sirvan de los recursos institucionales que se le ofrecen. Por lo que respecta a los servicios que la Bienal ha venido prestando es evidente que hasta ahora, como tal producto cultural, no ha pasado de ser más que una atracción turística bastante improductiva –no sólo es que distraiga de los graves problemas que afectan al ciudadano, englobados todos ellos en su tema estrella, el Paisaje, es que resulta tan ajena o despreocupada por la ciudadanía que ni si siquiera ha conseguido activarla como público, no tiene audiencia-. Tengo para mí, que si en lugar de disimular su auténtica naturaleza aceptara, por el contrario, su condición de atracción turística podría empezar a abordar sus propias contradicciones de un modo fértil y realista en relación con el contexto al que pertenece.

Sea como fuere nada indica que vaya a haber un cambio de rumbo y tal como están las cosas su descrédito, su falta de credibilidad, resulta obscena y torpe, como vengo diciendo, para cualquiera visitante. Por muy expandido que se encuentre el cinismo no debemos olvidar que en el medio artístico actual una de las formas de lo “hegemónico” es paradójicamente lo “contrahegemónico”, incluso si me apuran diría que en algunos centros institucionales de referencia lo que se lleva es el activismo artístico radical – Reina Sofía, MACBA, UNIA, Montehermoso etc.-. En fin, habrá quien piense que la Bienal puede procurar esa anhelada visibilidad exterior que tanto preocupa en las islas, pero ya me dirán, en este contexto general, de qué modo se puede llegar a ofrecer una imagen externa convincente y persuasiva cuando favorecemos en propia casa, con tanta alegría como imprudencia, unas contradicciones tan flagrantes que por la fuerza abrumadora de su propio peso hunden cualquier posibilidad de actuar de una manera consecuente y con el mínimo entusiasmo.

Dicho todo esto bastante en serio, en Santa Cruz de Tenerife a 13 de Octubre de 2010

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7 Comentarios

  1. Roc Laseca

    Retórica de la promesa o ¿la Bienal como aparato de convicción?
    (Algunos motivos por los cuales la Bienal de Canarias resulta beneficiosa para la ciudadanía)

    “La transición desde el estado pasivo de la sensación al estado activo del pensamiento y la voluntad sólo puede tener lugar mediante un estado intermedio de libertad estética”
    - Friedrich von Schiller (1795)

    Podría decirse que cualquier prolijo aparato discursivo puede armarse desde la voluntad activa del partícipe, pero suele ser habitual conjurar una malla referencial y relatora a partir del estado pasivo de la sensación. Desde la aparición -hará pronto ya tres ediciones-, de la Bienal de Canarias, la masiva línea de argumentos contrarios –desde posturas más o menos ilustradas, hasta inclinaciones estrictamente personales- han sido producidas como efecto de esa volatilidad alejada y pasiva de que habla Schiller. Pocas son, pues, las lecturas de la contra-información, las que activan una crítica productiva y proactiva al evento, asumiéndose desde lo que Régis Durand denomina “nuestra competencia de espectador”: una mirada que conlleve implicación, el ser-afectado que se reconoce, en esa misma implicación, como sujeto atravesado por el acontecimiento.

    Que una Bienal sea ideológica no ha de parecernos algo extraño, ni mucho menos enjuiciable. Todo acto subjetivo resulta del efecto de una ubicación en el mundo, de un being-in-the-world, o casi si se prefiere de un modo foucaultiano, de una catexis que ubica y relaciona al sujeto, su entorno y sus múltiples objetos de deseo. De esa trama relacional, en la que todos participamos desde un ámbito doméstico, la cosa deviene eminentemente ideológica, pues faculta al hombre a tomar posición de su responsabilidad como observador y observado, en esa clara exactitud de doble ejercicio que anunciaba Benjamin, de “lo distanciado y la concernido a un mismo tiempo”. No se descubrirá nada nuevo cuando subrayamos a estas alturas que no existe imagen que no sea política, ¿cómo no va a serlo también (más aún) el aparato que las gestione? Se le exige política, se le demanda ideología. Lo que resultaría peligroso, a todas luces, es aquel evento que se nombre apolítico, que obvie su responsabilidad pública, que no reconozca el valor de uso civil y especulativo que tiene entre manos. Desconfiemos pues de toda bienal que no lo sea. Por suerte, al menos para un modesto viajero, no conozco evento bienalero que no se halle inmerso por las tramas ideológicas (Bienal de La Habana, Venecia, Liverpool, incluso New Orleáns o Whitney). La falta de seriedad se reformularía pues, desde este matiz, como una ausencia de ideología, como una actitud desprovista de toda posibilidad política.

    Con todo, esta glorificación pública no conlleva necesariamente una alineación con los contenidos que los aparatos ideológicos programan. Pero definitivamente, todo ejercicio crítico debe realizarse desde la inmanencia como bien apunta Díaz Cuyás, a través de los labios de Benjamin, pues el resto es “fantasear con una crítica que pudiera ser ejercida desde el afuera”. Por suerte (o por desgracia para los más pasivos), la Bienal de Canarias diseña su programación a partir de los proyectos propios presentados por los agentes culturales que quieran participar libremente (creo que aún se pueden presentar propuestas). A ello se le suma, como en el resto de bienales de la corteza terrestre, las aportaciones de los gestores directivos del evento. Así que el “adentro” existe como una posibilidad activa de labor (y crítica) para con la misma Bienal.

    Definitivamente, la Bienal ha quedado afectada por el descrédito y, peor aún, excluida de cualquier consideración crítica. Así que la tarea consiste ahora en aportarle aparato reflexivo a la maquinaria que ha activado el Ejecutivo, a participar con ella, desde su seno, de la especulación paisajística que propicia, a rebatirla desde su núcleo si se quiere, a potenciarle contra-discursos desde su útero; en cualquier sentido, a saberse activo agente que promete para con ella. Quedarse fuera ha dejado de ser, definitivamente, contrahegemónico. Todo ejercicio artístico descansa en la retórica de la promesa, y es por ello por lo que la práctica artística engancha, porque, como dijera Brea, “toda promesa es promesa de felicidad”. ¿O es que acaso resulta más convincente prometer desde otras esferas? No considero que la tarea de la Bienal sea la de erigirse como un aparato de convicción, sino como una plataforma que active los relatos contrastados en torno a los asuntos que atiende (de hecho, ya lo está logrando con estos comentarios cruzados, sin haberse inaugurado aún la nueva edición).

    En esta línea, todo posible fracaso de la Bienal viene como un efecto de lo que Ludwig Binswagner denomina la “ausencia de la comprensión implicativa”, o lo que es lo mismo: la incapacidad por hacer nuestra la bienal, a través de los ejercicios críticos y productivos, y los problemas abordados en el marco del evento. Del mismo modo que advertimos la necesaria responsabilidad política del gestor público y del aparato artístico que administra, resulta altamente necesario validar y actualizar la carga política del tejido cultural en el que participamos (desde la academia, la especulación, o el propio hogar). Ahí descansa el funtivo cívico real. El resto es trampa e inercia, participación pasiva en el mundo, ocultamiento de la única verdad social: la cosa es pública.

    Comentado 16/10/2010 a las 12:59 pm | Permalink
  2. José Díaz Cuyás

    Acabo de leer tu comentario y, francamente, o estoy muy espeso o no he conseguido adentrarme del todo en su espesura. Por lo que entiendo, usas una cita dislocada del bueno de Schiller sobre esa entelequia idealista que es la “libertad estética” para diferenciar lo pasivo de la sensación, de lo activo del pensamiento y la voluntad. Para un poskantiano como él, en efecto, la experiencia estética, presidida por el “juego libre de las facultades”, servía para reunir lo que estaba separado: el ámbito de lo sensible e imaginativo del de la razón. Pero de esto hace dos siglos y pico, la frase tiene sentido en su contexto. No se puede utilizar, sin más, para extrapolarla y hablar a continuación de individuos activos o pasivos, porque eso, traído al presente, puede llevar a confusión.

    Lo cierto es que hace ya mucho tiempo que en filosofía se ha puesto en crisis eso del “estado activo del pensamiento y la voluntad”, por lo menos, y de esto hace un montón de años, desde Schopenhauer. Este asunto de que las cosas sensoriales son pasivas y las intelectuales activas resulta, a estas alturas, bastante discutible. Cuando miro, y veo, estoy actuando. Para no extendernos, digamos que el cuerpo tiene sus razones, y que la idea -la ilusión- de que la cabeza –la voluntad, la razón consciente- es la que tiene el dominio y puede controlar la vida del sujeto hace mucho tiempo que ha sido abandonada por pensadores bastante más sensatos que nosotros. Ya que estamos, no estaría de más hacer una defensa de la sensación, de nuestra experiencia corpórea, carnal y sensorial, en relación con el arte, y para ello nada mejor que recomendar encarecidamente la lectura de la lógica de la sensación de Deleuze, un libro brillante y repleto de hallazgos sobre un pintor que no tengo muy claro si era activo o pasivo, aunque, paradojas de la vida, no figura entre mis favoritos.

    Pero vamos a centrarnos. No entiendo por qué motivo vinculas la pasividad con la negación. Decir No a algo es tan activo como decir Sí, siempre que se haga de manera consciente. Es más, uno puede perfectamente actuar pasivamente al dejarse llevar y no ofrecer resistencia, y lo cierto es que no estoy nada seguro de que el plegarse, como ocurre en ocasiones, a las exigencias de la vida activa –de manera “instintiva” o interesada- sea afirmarse en una actividad consciente. Por otra parte, hay muchos modos de actividad, y como es lógico cada cual es muy libre de actuar como se le antoje. Me de la sensación de que apuntas a una especie de exigencia moral según la cual uno debería hacer todo aquello que puede, o decir todo aquello que sabe, en la batalla de la opinión pública. Si no me equivoco, vendría a ser algo semejante a lo que jalean los periodistas del famoseo cuando consideran como un argumento irrefutable para obtener exclusivas eso de “que la gente tiene derecho a saber”. La opinión pública -como los eventos institucionales- no es un medio inocente, no es el único lugar, ni tiene por qué ser el más apropiado, para dirimir sobre asuntos artísticos o políticos. Digamos que está, como bien sabes, “mediatizada”. Es muy legítimo que un agente cultural la elija con todas sus contradicciones como campo de batalla, como resulta igual de legítimo que opte por una vía más discreta y desarrolle su obra haciendo acto de presencia cuando se le antoje. Uno no es más activo ni más moral que el otro. Eso dependerá sólo y exclusivamente de su trabajo, de lo que hace y también, por supuesto, de lo que no hace. Una cosa es tener gana o desgana por figurar en el “medio” –deseo- y, otra muy distinta, ser bueno o malo –ética-. De una no cabe deducir la otra, y para no acabar de convertir este asunto de quién es el activo y quién el pasivo en un mal chiste, no sé si moral o inmoral, creo que lo mejor será dejarlo correr.

    Vamos a lo importante. Por lo que entiendo tienes una opinión contraria a la que expongo en mi texto, pero no rebates el argumento central. El problema no es que esta Bienal, la de Canarias, sea ideológica, que haya oscuros intereses políticos en ella, mientras que habría otras que no lo serían. No creo haber afirmado semejante insensatez en ningún momento. Todas lo son en mayor o menor grado, del mismo modo que partiendo de la base de la universalización del cinismo unas pueden tener mayor credibilidad que otras. La cuestión es que ésta, la de aquí, ha elegido como tema el Paisaje y al hacerlo ha puesto sobre la mesa el tema más grave, desde cualquier punto de vista, que tiene hoy la sociedad Canaria. Podía ser una Bienal entre otras, más o menos mediocre, en este mundo bienalizado. Pero ha tenido que poner el dedo en su propia llaga. Toda la actividad económica y política del archipiélago, todo el orden de su vida social, dependen de ese producto cultural –lo digo más claro por si no se acaba de entender, del monocultivo de esa única mercancía- que es el Paisaje. La cuestión que planteo es muy simple: si la Bienal pretende ser lo que promete, una plataforma de debate “libre e imaginativa”, lógicamente, aparte de hablar de lo sublime en el land art y de la ciudad creativa, tendrá que poner sobre la mesa los problemas reales y acuciantes del Paisaje en Canarias. De lo contrario, lo que estará haciendo es “estetizar” el Paisaje –un proceso que como tu querido Benjamin sabía muy bien tiene una función indudablemente ideológica, y esto en el sentido más deleznable del término, idealizadora y falseadora de la realidad [por cierto, que como sabes, el amigo Walter durante su estancia en París se mantuvo distante de los cenáculos artísticos y culturales, vivió empobrecido por “negarse” con todas sus fuerzas a ser un “intelectual burgués”, y pasaba su tiempo como una rata de biblioteca absorbido por esa obra monumental e inconclusa que son Los Pasajes. ¿Según tu tipología qué cabría decir hoy de él, que era activo o pasivo, político o apolítico, moral o inmoral?]. En fin, y para seguir con tus fuentes de autoridad, lo que se pretende, de hecho es precisamente convertir el Paisaje en una deliciosa experiencia de “libertad estética” –y esto tanto para el gusto como para el disgusto de los activos o de los pasivos, puesto que todos la sufragamos-. El Paisaje, me disculparás la obviedad, no puede ser abordado en ningún lugar como un problema estético o mediante asépticas crónicas históricas; pero en el archipiélago, donde todos vivimos de él y sobre él, pretender disociar el modo en que el Gobierno y ciertos empresarios vienen gestionando el territorio, en función de intereses particulares, de su posible interpretación “creativa e imaginativa” resulta tan forzado, tan violento, que pasma la ingenuidad o el cinismo de quienes eligieron ese bendito tema. Vendería a ser algo así como hacer una Bienal institucional de arte contemporáneo con El Litoral como tema en la Comunidad Valencia. Ya me explicarás cómo se va a discutir de los graves errores –porque supongo que tendrás noticia de ello y estarás de acuerdo en que los hay- que se están cometiendo en la gestión del territorio en Canarias, en un marco que está planteado para la autopromoción -ligada a la imagen turística- y que está patrocinado por quienes son los principales responsables y los grandes beneficiarios de dichos errores. Es por esto por lo que resulta perjudicial para la ciudadanía. O acaso estás sugiriendo que el Ejecutivo, como tú lo llamas, quiere propiciar un diálogo “en serio” con los artistas de una manera “abierta y libre” sobre los mismos temas que se niega a dialogar en el Parlamento de una manera “abierta y libre”. Insisto ¿Por qué iba a hacerlo? ¿En base a qué lógica? Pensar que se puede actuar contra esos intereses particulares desde “dentro” del dispositivo espectacular que ellos mismos han montado resulta tan fuera de lugar como pensar que esa maquina cínica que es la televisión, que se celebra a diario en su propia autoparodia, puede verse afectada porque algún tertuliano la critique desde “dentro”. El cinismo es sencillamente encantador. Pero la Bienal no ha llegado todavía a ese grado autocomplacencia, en ella, por lo que sé, se puede hablar con libertad de todo menos de ciertas cosas, lo que resulta sencillamente escandaloso. La experiencia pasada, en cualquier caso, corrobora lo que vengo diciendo, y no alcanzo a comprender, conociendo el medio artístico y político local, cómo puedes pensar que en el futuro va a ser de otra forma. Por mi parte estaré encantado en retomar esta animada charla dentro de un año o, si esto sigue, en años sucesivos.
    Sobre lo del afuera y el adentro tampoco te líes. Uno nunca está “fuera” de la sociedad, pero puede estar perfectamente fuera de ciertos eventos, como es el caso de la Bienal, y cuando le parezca que tiene sentido, y se sienta con ganas, trabajar en ellos desde dentro. Es tan fácil como entrar y salir. No son opciones excluyentes. Cada cual sabrá en dónde se mete. Lo que hacemos, en igual medida que lo que no hacemos, es responsabilidad de cada uno.

    Comentado 17/10/2010 a las 1:02 pm | Permalink
  3. Yaiza Hernandez

    José Díaz Cuyás ha demostrado con su respuesta que es perfectamente capaz de defender su postura él solito, así que no es eso lo que me motiva a escribir. Mis motivos son otros, en primer lugar, me cuesta no reparar en la forma de la réplica de Laseca que, literalmente, me ha dejado con la boca abierta (de espanto, más que de sorpresa). En un comentario a un texto online de poco más de ochocientas palabras, Laseca alude nada menos que a seis autores diferentes (sin contar al propio Díaz Cuyás) para defender un argumento que ninguna de estas alusiones le ayuda a avanzar. Quiero pensar que no soy la única que encuentra algo involuntariamente cómico en su prosa, algo que suena a parodia sin pretender serlo. Pero este lado cómico tiene su parte oscura, pues el modo en que Laseca utiliza sus citas es básicamente autoritario, responde al modelo clásico del “Roma locuta, causa finita”. Sustituyendo a “Roma” por Schiller, Benjamin y compañía, Laseca se busca una serie de insignes “aliados” a los que les es imposible rechistar o rechazar el papel de defensores de la Bienal de Canarias que les ha sido asignado. Lo cierto es que lejos de ofrecernos un “funtivo cívico real” (lo quiera que sea tal cosa), el texto de Laseca funciona como un ejemplo impagable del tipo de “galimatías gramatical” que Díaz Cuyás ya detectaba en la retórica de la propia bienal. Una pseudo-argumentación barroca y ornamental que funciona por aturdimiento del lector o lectora, impidiendo cualquier tipo de refutación que no desestime de antemano los términos que se le imponen.
    Pero más allá de la cuestión formal, me ha apenado la poca atención que esta respuesta prestaba al argumento que me parece más urgente de toda la intervención de Díaz Cuyás, el que se esboza en el penúltimo párrafo y que apunta al hecho de que la bienal podría haber sido otra cosa. A estas alturas, creo que serán pocas personas las que pongan en duda la descorazonadora historia de injerencias políticas que las instituciones artísticas canarias han venido sufriendo desde hace años (el trato recibido por el TEA desde su apertura y el esperpéntico espectáculo del CAAM no son más que dos ejemplos significativos). Tampoco creo que a nadie le sorprenda saber que el mundo del arte global es un terreno fértil para el cinismo, el despropósito de la Bienal de Canarias no tiene nada que envidiar, por ejemplo, a la Bienal de Sharjah del 2007 o (y esto me queda más cerca) al absurdo de un festival murciano dedicado a la “sostenibilidad” que se ventila (según cifras oficiales) la friolera de 2.743.233€ en un fin de semana. Ejemplos de malas prácticas hay de sobra, pero nada nos fuerza a hacer de la necesidad virtud y convertirlos en modelos a seguir. Lo que me parece más urgente examinar de todo el asunto de la Bienal de Canarias, no es su seriedad relativa ni la pertinencia de “participar” en ella o no, la cuestión no es baladí, pero tampoco es determinante. Lo que sí me parece crucial es que aún estamos por escuchar alguna voz que defienda públicamente que si la Bienal no existiera habría que inventarla.
    Es decir, el problema de la Bienal no son sólo sus contradicciones internas, lo que Díaz Cuyás llama “su falta de seriedad”, sino todo lo que se sacrifica para que ella exista. En un momento de recursos escasos y decrecientes para la promoción estatal de la cultura, tolerar la financiación de absurdos (no sólo la Bienal de Canarias, también el desmelene del Septenio y otras lindezas) por parte de los responsables políticos de la cultura del archipiélago en base a que así “por lo menos hay algo”, es favorecer una desalentadora sucesión de oportunidades perdidas para varias generaciones de artistas y agentes culturales (incluido para el propio Roc Laseca, que –por lo que me cuentan– es un excelente gestor cultural). Repito, la cuestión fundamental no es si la Bienal de Canarias es más o menos absurda que otras, ni siquiera si uno debe o no participar en ella, lo realmente importante es volver a abrir un diálogo sobre lo que sería posible hacer con los recursos que ella consume, valorar de forma continua hasta qué punto la Bienal merece el sacrificio de todo lo que podría ser si prescindiéramos de ella.
    Creo que la comunidad artística de Canarias está perfectamente capacitada para sentarse a debatir qué tipo de modelos y líneas de actuación querrían ver implementados en su territorio. La mera aceptación de lo que viene impuesto por la clase política no es ni deseable, ni inevitable. En este sentido, no deja de ser triste que hayan tenido que ser las personas encargadas de diseñar el “Plan Estratégico de la Cultura” del Gobierno de Canarias las que hayan iniciado, por primera vez, una conversación con una comunidad artística que hasta entonces se había conformado con “verlas venir”. La pelota está ahora en nuestro campo y a nosotros corresponde presentar modelos y exigir nuestra integración –como profesionales del sector y partes aludidas– en el proceso de toma de decisiones. Mientras no podamos reivindicar la existencia de esta bienal frente a cualquier otra alternativa posible (y con el presupuesto de la bienal, las alternativas posibles son muchas), promover un “entrismo” que intentara, desde dentro, hacerla devenir aquello que no es, revela una triste limitación de nuestras expectativas, una incapacidad –quizás forjada por la historia reciente de nuestra política cultural– para imaginar que las cosas pudieran ser de otra manera. Mi comentario a este post se está alargando indebidamente y estoy robando tiempo a otras tareas, pero buscaré un rato en los próximos días, para hacer justo eso que ahora estoy echando a faltar.

    Comentado 19/10/2010 a las 4:38 pm | Permalink
  4. Ramiro Carrillo

    Hace una semana escribí el comentario que viene a continuación sobre la entrada de José Díaz Cuyás, aunque no he podido enviarlo hasta ahora. En medio, la intervención de Yaiza Hernández (muy interesante aunque con un primer tramo desafortunado), precisa algunos aspectos del texto que quizás ponen mi comentario un tanto fuera de lugar; en cualquier caso lo envío.
    Sobre lo expuesto por Yaiza Hernández, sí me gustaría comentar que su confianza en la la capacidad de la comunidad artística de Canarias para “sentarse a debatir qué tipo de modelos y líneas de actuación querrían ver implementados en su territorio” me parece una idea no menos ingenua que la convicción de que las cosas se pueden cambiar “desde dentro”. Esto me lleva a pensar que si algo comparte la gente de la cultura, es que al final a todos, cada cual a su medida, nos puede el idealismo. (Abajo va el comentario a Cuyás).

    Coincido bastante con tu análisis sobre la bienal, me parece que lo has hecho de forma brillante y, es más, creo que es saludable para el panorama cultural que estas cosas sean dichas.
    Me parece un texto irreprochable.
    O casi. La valoración que haces sobre la gente que participa o colabora en la bienal, a quienes llegas a clasificar en dos únicas tipologías –cínicos o ingenuos– es una inferencia en la que tu hilo argumental se desliza a un terreno ciertamente resbaladizo, y la verdad es que me da problemas.
    Yo lo veo de esta manera: asumiendo tu diagnóstico sobre la bienal, en la que llegas a afirmar que es “contraria a los intereses de la ciudadanía”, creo podemos concluir que la bienal es básicamente, un evento “malo”, reprobable. Eso convierte, a mi modo de ver, la decisión de participar o no en ella en una cuestión de orden moral, y aunque tú no aludes directamente a ello en el texto, creo que enfocas abiertamente así el asunto tanto en el texto como en tu respuesta a Roc Laseca. Del tono de ambas intervenciones se deduce que es reprobable participar en la bienal porque implica legitimar una operación cosmética sobre cuya perversidad hay un “amplio consenso” (del que participo, por cierto).
    Supongo que estarás de acuerdo que el asunto de la moralidad de la cultura es muy espinoso y que da para un debate que, me parece, no es nada sencillo. Para tratar de ilustrar su complicación, un ejemplo–ficción: Supongamos la hipótesis de que la bienal fuera “buena” (de calidad). Es decir, pongamos que contara con grandes artistas y exposiciones, que se programaran debates serios y con profundidad, que se abordaran todos los temas que se tienen que abordar. Si esto fuera así, ¿seguiría siendo la bienal “mala”, en tanto que vehículo perverso de indignos intereses políticos? ¿O, por el contrario, a pesar de ellos, pasaría a ser “favorable a los intereses de la ciudadanía”, puesto que se abordarían con rigor los asuntos vitales del paisaje? Dicho de otro modo, si esta bienal mala fuera a la vez una buena bienal ¿sería entonces un ejercicio de cinismo participar en ella?
    Naturalmente, la pregunta es meramente retórica, porque la bienal ni es buena ni, aparentemente, tiene las condiciones para que llegue a serlo, pero a mi juicio ilustra la complejidad de los asuntos que afectan a la moralidad y al arte. Porque claro, si una hipotética “buena bienal” fuera positiva para los intereses de la ciudadanía, entonces, perseguir esa buena bienal se convertiría en un acto moral y, consecuentemente, participar en la bienal con el ánimo de hacerla mejor podría no ser una ingenuidad o un cinismo sino un acto moralmente loable (de paso, diré que la comparación que haces entre la bienal como soporte “perverso” y la televisión me parece pertinente pero fuera de escala).
    Pero claro, incluso si esto fuera así, ¿cómo podríamos distinguir a estos nuevos, digamos, “participantes morales” de aquellos otros cínicos o ingenuos, que obviamente los hay? Verdaderamente, si el juicio estético es complicado, el juicio moral es algo tremendo. Un ejemplo sencillo. Me consta que, en Canarias, mucha gente de la cultura vive de los soportes institucionales. Y no hablo sólo de artistas y de comisarios, sino de cientos de personas vinculadas a la danza, al teatro, a la música, quienes con mayor o menor “seriedad artística” viven de programas culturales que, como el Septenio, comparten con la bienal objetivos culturales y políticos. De esta forma, a una persona que colabora con la bienal para ganarse la vida, ¿cabría situarla entre los cínicos o los ingenuos? Coincidirás conmigo que la moralidad de una acción determinada por la necesidad es distinta de aquella determinada por el deseo. Un ejemplo puñetero: ¿la amplia contestación que la reforma Bolonia ha tenido entre los profesores universitarios ha conducido a un rosario de dimisiones? [No, y en algunos casos es una pena] ¿Es moral que los profesores contrarios al plan Bolonia sigan dando clase en la Universidad? ¿Deben ser catalogados como cínicos o ingenuos por colaborar con una reforma que ellos mismos consideran “mala”, cuando no catastrófica, para la universidad, incluso para la ciudadanía? ¿Qué diferencia hay entre un profesor que trabaja en un plan Bolonia y el artista que trabaja en la bienal, siendo ambas máquinas perversas? Para la mayor parte de los artistas, y para muchos otros agentes culturales, participar o no en la bienal no es tan sólo un asunto de posicionamiento ideológico, sino que es una oportunidad de trabajo en un mundo donde éstas no abundan.
    Tu magnífica crítica es de difícil ubicación en el sentido de que aunque cuestionas la calidad de la bienal, lo que te parece determinante es su “moralidad”; es decir, su condición de evento perverso en los términos que has descrito muy bien. Aquí te mueves brillantemente en un terreno, creo, imprescindible para llegar al fondo del asunto. Lo que no estoy de acuerdo es en la segunda parte, cuando infieres que, siendo la bienal inmoral, sus participantes sólo pueden ser cínicos o ingenuos. Este juicio me parece desacertado, injusto y cuestionable, y creo que la cosa es más complicada de lo que tú has descrito.
    No obstante, no quisiera que esto pareciera una intervención a favor de un “relativismo moral” que impidiera cuestionar la moralidad de cualquier acción individual en la cultura: cínicos e ingenuos los hay, sin duda, y conviene que sean denunciados. Lo que si me parece desafortunado es meter a todo el mundo en los mismos sacos (dos, en este caso) y más en el mundo cultural canario, institucionalizado como pocos, donde hay mucha gente de “buena voluntad” que “hace lo que puede”, lo cual, a mi juicio, en ciertos casos tiene un gran valor moral.

    Comentado 25/10/2010 a las 6:16 pm | Permalink
  5. Teresa Arozena

    Primero quiero dar las gracias a Pepe por esta necesaria reflexión que ha abierto.

    En segundo lugar tengo que decir que, porque creo que aquí la crítica más interesante es la macroestructural, como a Ramiro, a mi también me parece improductiva una posible vía de especulación sobre la bienal que se centre en juzgar a los agentes culturales que han participado hasta el momento en ella, máxime cuando la precariedad laboral en el ramo es todo un clásico.

    Lo que sí que no entiendo y me inquieta muchísimo en tu comentario, Ramiro, es por qué, en función del hecho de que se plantee el deseo de cambiar a mejor el estado de la situación, calificas de “ingenuo” o “idealista” cualquiera de los movimientos o posiciones que se puedan tomar. Tanto si Roc quiere mejorar desde dentro, como si Yaiza plantea la posibilidad de un debate social exterior al aparato.

    Esa etiqueta de ingenuidad o idealismo que a menudo se otorga a los artistas o como tú dices a la “gente de la cultura” me parece terrible . El termino idealista (y más si va acompañado de la palabra ingenuo) aplicado de ese modo neutralizante a un individuo que plantee la necesidad de –o desee una transformación de “lo que viene dado”, de “lo que hay” como diría José Otero, me resulta francamente problemática. Porque con un encogimiento de hombros algo benevolente parecería que anulas cualquier planteamiento que trate de cambiar las cosas, condenándonos a todos al inmovilismo y la aceptación de lo que ya conocemos, de lo que hay.

    Coincido con la necesidad que apunta Yaiza: la de que se puedan debatir realmente –y subrayo con fuerza esta palabra– qué tipo de modelos y líneas de actuación querríamos ver implementados en nuestra programación cultural futura. Si pensamos que esto es ingenuidad ¿entonces que nos queda?… Sólo impotencia reflexiva, un mundo siempre igual a si mismo, donde cada individuo atomizado mira por lo suyo, donde los ciudadanos quedan incapacitados para intervenir en la construcción de lo público…

    Por otro lado me parece que esa hipótesis que lanzas alegremente de una bienal “buena” (es decir de calidad), resultaría casi una fórmula paradójica. Por supuesto en esta valoración entraría en juego lo que se entienda por calidad, es decir, los criterios bajo los que la cualificaríamos. Pero es que en esta cuestión me parece que hay un lugar donde resulta necesario detenerse.

    Una “Bienal buena” desde luego nunca sería una que constara con un programa de relumbrón, con grandes artistas y exposiciones. Sería una que fuera plenamente consecuente con la idea que presuntamente promueve: una idea de compromiso con el territorio es decir, la idea de la sostenibilidad. Algo que no es moco de pavo –sino nada menos quid de los problemas del mundo en el siglo que nos toca. Sería por tanto una bienal de investigación real, que estuviera dispuesta incluso a desmontarse a sí misma y desaparecer, si su propio proceso se lo requiriera, porque sería ante todo un instrumento social y no un producto. No es el caso, desde luego que no, y ese círculo verde de la sostenibilidad que la imagen corporativa del evento asume con liviandad debe de inquietarnos.

    Es un hecho general que el uso institucional de la cultura, cada vez, más deviene instrumento turístico, y con esto no quisiera referirme estrictamente a una industria del viaje y las vacaciones, sino a todo lo que conlleva ese “devenir marca” del mundo, devenir eslogan o consigna, pertenecer al mercado. La marca de lo verde o sostenible referido a Canarias, estetizado y vaciado de toda efectividad, es, como Pepe ha argumentado en su texto, lo que se nos vende en la Bienal bajo un soporte cultural que vehicula esta operación.
    Así que insisto que una “bienal buena” sólo podría ser aquella que se alejara de la consigna o el slogan, que se alejara de ese estatuto “turístico”, para devenir aparato reflexivo real, es decir que fuera consecuente con la problemática ecosocial en Canarias, una problemática que encuentra su reflejo en un altísimo nivel de sensibilización de la ciudadanía ante los graves problemas ecosociales en las islas; un nivel de sensibilización que casi no tiene precedentes en la historia del ecologismo en Europa. (Me refiero por poner un ejemplo entre muchos, a la impresionante –e insisto insólita- manifestación del año 2004, de más de 100.000 personas contra el puerto de Granadilla)

    Y aquí nuevamente deberíamos detenernos.

    El carácter ecosocial de la reivindicación en Canarias responde al modo en que ecologismo en las islas interacciona con la realidad de un territorio que se encuentra sometido a una especial violencia estructural, debido a sus características de micromundo. Si prácticamente toda la riqueza proviene precisamente de esa industria del turismo, que vende o alquila los espacios del mundo, también en las islas, por su condición finita y reducida, el territorio acusa de manera intensificada la problemática ecosocial que tal explotación de los espacios arrastra.

    Se desarrolla por tanto una controvertida competencia por el suelo, que quizás encuentra su mayor hito en ese episodio reciente y aún sangrante que todos conocemos: el del Puerto de Granadilla y su peculiar y asombrosa historia para no dormir. Pues cada episodio de esta historia no ha hecho sino demostrarnos una y otra vez la degradación formal de la democracia en Canarias, y la pretensión de la clase política de relegar a la ciudadanía a una participación puntual y meramente simbólica a través de la elección de “representantes”, marginando a los ciudadanos y negándoles cualquier corresponsabilidad en la construcción del modelo social.

    La historia del puerto de Granadilla deja patente la anulación de todas las vías reales de participación pública, y ejemplifica cristalinamente cómo el derecho a la participación ciudadana y el debate público, recogido en la Constitución Española, se desestima sistemáticamente y puede llegar a ser tildado de “terrorismo social”.

    El manifiesto carácter profundamente autoritario en la toma de decisiones por parte de las administraciones ha creado un clima de tensión social ante el cual la cultura no puede sentirse aparte. Pienso que en general tendemos a analizar el hecho cultural de una manera reducida, y sin embargo creo que a la palabra cultura le vendría bien recordar más a menudo su significado más expandido, y dejar de pensarse como un “apartado” o como un mero sector industrial dentro del campo social.

    Digámoslo claro –y no lo digo yo, sino el profesor Aguilera Klink: el origen de los fuertes conflictos socioambientales que vive Canarias en los últimos años son reflejo, fundamentalmente, de un deterioro de la democracia formal de una comunidad, que ha venido acompañada de una intensa y vital respuesta social a esta situación.“Los problemas ambientales siguen siendo erróneamente identificados con los impactos o repercusiones finales y no con sus causas originales”.

    Es éste y no otro el inevitable contexto de la bienal, y su espacio discursivo no puede ser justamente valorado obviando esta realidad, y la importantísima vía que abre la reivindicación ecosocial en las islas.

    Comentado 02/11/2010 a las 6:14 pm | Permalink
  6. José Díaz Cuyás

    Tengo la impresión de que este debate sobre la Bienal está resultando más interesante por lo sintomático de ciertos comentarios que por la crítica al propio evento. Lo primero que llama la atención es que todo el mundo esté de acuerdo con el descrédito de la Bienal. Nadie discute que como producto cultural haya resultado mediocre y que haya estado mediatizada por los intereses particulares de la política local. Hasta ahora, lo único que se ha planteado a partir de esta situación de hecho son dos objeciones: una relacionada con la pertinencia de participar para modificar esta situación desde dentro, y otra relativa al carácter moral de quienes participan en ella. Es significativo y ,como digo, sintomático, que toda la fuerza de la argumentación se ponga en la “esperanza” de un futuro mejor, o en la preocupación por salvar el honor y la dignidad de quienes dicen tener esa “esperanza”, en lugar de hacerlo sobre lo único que debería preocuparnos: el hecho de que se malgaste el dinero público -con finalidades que no son culturales- en un evento artístico que no convence ni a propios ni extraños. Lo productivo sería detenerse a analizar lo que, según parece, todos pensamos que se está haciendo mal y cuáles son las posibles alternativas a esa situación.

    La intervención de Yaiza apuntaba en esa dirección, y estoy de acuerdo con ella en que lo más sensato es debatir abiertamente sobre cuáles son los modelos de gestión cultural que convienen a las islas – algo para lo cual no es necesario, como es lógico, pedir la aquiescencia ni el permiso del político de turno-. Hay muchas regiones en Europa y fuera de ella en situaciones similares a la nuestra y existe un variado repertorio de experiencias que han dado sus frutos. Bastaría con no caer en maximalismos, en intentar llegar a acuerdos de mínimos que permitieran crear una corriente de opinión y mantener una posición común lo más amplia posible. Claro que para esto hace falta que exista un deseo colectivo. Y el deseo es algo que no puede ser inducido, sólo se puede seducir a quien tiene predisposición para serlo. Creo que es aquí donde reside el auténtico problema: me temo que en la isla no hay ganas, quiero decir no existe el deseo, de que nada cambie. Esta suerte de pesimismo congénito –tan productivo, por otra parte, para quienes se benefician del estatus quo- es el que hace tan difícil actuar en el medio local de manera comprometida y con el más elemental entusiasmo.

    Sin embargo, hay ejemplos de que no toda actividad institucional tiene por que ser mediocre o verse mediatizada por los intereses políticos más inmediatos. Un caso paradigmático viene siendo desde hace años el de la Fundación Cesar Manrique en Lanzarote. Ya sé que se trata de una entidad con un régimen muy especial y que no es extrapolable a otras islas. Pero eso no la invalida como ejemplo. Porque lo importante es que allí ha sido su director, Fernando Gómez Aguilera, y su equipo, los que en una situación dada, con sus limitaciones y sus potencialidades, han sabido desarrollar con continuidad y a largo plazo un proyecto cultural meritorio e ilusionante. No se trata proponerlo como modelo a exportar, ni siquiera de sugerir que en su trayectoria no haya habido errores, de lo que se trata es de señalar la posibilidad real de intervenir en el medio local teniendo como finalidad valores propiamente culturales y no utilizando la cultura meramente como un medio para otros fines. Se trata, insisto, de una cuestión de deseo. Basta con pensar en qué habría sido de la Fundación si el equipo que la regenta -o sea, su gana o su desgana- hubiera sido otro.

    Estoy de acuerdo con Teresa en que de la intervención de mi admirado Ramiro Carrillo se deduce una desconfianza en las posibilidades del medio local que sólo puede llevar a la desilusión y a la impotencia. El asunto tal como lo plantea podría resumir así: estamos de acuerdo en que la Bienal –o lo que sea- es mediocre, pero es una ingenuidad pensar que aquí se pueda hacer algo mejor. Así las cosas, lo primero que deberíamos plantearnos sería por qué hacer algo y no mejor nada. Lo que se percibe como mediocre no puede alimentar la pasión ni el deseo, y no acierto a comprender como se puede llegar a pensar en algo que tenga alguna relación con el arte prescindiendo del deseo. El problema de la Bienal es que no tiene credibilidad, en eso parece que estamos de acuerdo, pero lo realmente importante es que por ese motivo no puede despertar el entusiasmo, ni provocar la más mínima pasión –por lo menos en algunos-.

    En realidad, es este mismo asunto el que está detrás de la argumentación moral de Ramiro. Por mi parte en ningún momento he planteado la cuestión como un problema moral. No sé desde que posición podría yo, o cualquier otro, señalar al prójimo como bueno o malo. Ya no tenemos un marco moral al que remitirnos. Digamos que vivimos en una época postmoral, más allá del bien y del mal, pero precisamente por eso, y como dice mi también admirado Agamben, ahora por primera vez tiene sentido y es urgente la acción ética. Aquí lo ético no remite a una escala de valores prefijados sobre lo mejor y lo peor, no es una tarea obligada en la que uno se carga de culpa y responsabilidad, sino “la doctrina de una vida feliz”. Algo que, de nuevo, tiene más que ver con el deseo que con el deber. En mi texto inicial hablaba del cinismo como de un fenómeno histórico y sistémico, no individual. Es cierto que en una intervención posterior establecía polaridades, pero era una licencia irónica. Sencillamente me pierden los juegos de palabras y alguien había propuesto separar a los “agentes” nada menos que en activos y pasivos para referirse a los buenos y a los malos. Insisto, en el cinismo expandido todos somos cínicos en alguna medida, pero por lo que respecta a nuestra vida pública, que es lo que aquí nos interesa, nos diferencia la cantidad de cinismo que cada cual está dispuesto a sobrellevar. Es una cuestión de grados, no de polaridades.

    Por otra parte, nunca he sostenido algo tan peregrino como que quienes colaboran con la Bienal sean malas personas. He ofrecido algunos argumentos -motivos- por los que la Bienal –no los individuos- era “mala” para la ciudadanía. Llevar el debate a la cuestión de si quienes participan son mejores o peores que quienes no lo hacen me parece fuera de lugar y completamente inútil. Lo único que debe importarnos es la función pública de la Bienal, y también, por supuesto, la acción pública de los dichosos agentes. Pongamos un ejemplo extremo, la guerra de Irak ha sido la más cínica de la que hemos tenido noticia. Los argumentos con que se pretendía legitimarla no tenían credibilidad ni siquiera para aquellos que los esgrimían, y por eso la voluntad del más fuerte, la “fuerza de las cosas”, se manifestó entonces sin disimulo y con toda su brutal crudeza. Pero de aquí no cabe deducir que los soldados que acudieron a la guerra fueran malas personas. Los habría generosos, valientes y aguerridos, no lo dudo. Ahora bien, con independencia de su bondad individual, lo que resulta evidente es que sólo podían justificar su acción militar –pública- en una graduación que iría del cínico, que sabe a donde va, al ingenuo, que no lo sabe y por eso se ilusiona. Alguien podrá objetar que cabe otra opción, la de aquellos que acudían sin ilusión pero obligados por su sentido del deber. Pero es aquí, precisamente, donde la comparación entre una campaña militar y una campaña cultural marca sus diferencias. Nadie tiene el “deber” de actuar como artista, poeta, o pensador. En el campo cultural, al contrario de lo que ocurre en el campo militar, no cabe como eximente la obediencia debida. Cada cual hace de artista por que le da la real gana, por eso –y a diferencia de una guerra- ante un mal evento artístico, como ante una mala obra de arte, un mal texto o un mal poema, nadie puede alegar que se ha sentido obligado a actuar por sentido del deber o en contra de su propia voluntad. Si una obra es mala, es mala y punto.

    Ya sé que los artistas, como todos los humanos, tienen que comer. Precisamente por eso Buñuel separaba sus películas “comestibles” de las que hacía porque le daba la gana, o sea, de las que consideraba buenas. El arte es un asunto cruel, y como actividad encuentra su única legitimación en el deseo –individual y colectivo-, no en la necesidad. Todo obra de arte es mercancía, pero se trata –todavía- de una mercancía especial, de una mercancía “absoluta” como dirían algunos. Precisamente por eso, en ella se pone de manifiesto de manera palmaria que, en realidad, todo el orden de lo económico está regido por el deseo, no por la necesidad. El bueno de Proust lo explicaba a su manera cuando afirmaba que la guerra –o para el caso la Bienal- es una de esas distracciones que el hombre “necesita” para evitar ocuparse de las cuestiones que de verdad importan.

    Dicho esto, confieso que, en efecto, tengo un trabajo “comestible”, y que pertenezco a una institución pública, la Universidad. Y también que considero que el Plan de Bolonia es malo para la Universidad y para la ciudadanía, y que a pesar de ello no pienso dimitir. Criticar la política de cultural del Gobierno –o a la Universidad- no implica reclamar la dimisión de su cuerpo de funcionarios (aquí a Ramiro, miembro de un equipo decanal que es un ejemplo de entrega y de buen hacer, le traiciona el subconsciente, puesto que de un trabajo no se puede dimitir, uno es despedido o bien se despide). Pero es precisamente por esto, porque considero que mi situación profesional, como la de todos mis colegas, es privilegiada, por lo que resultaría patético intentar justificar que hemos hecho algo “no comestible” y en lo que no creíamos porque nos hemos visto en la obligación de hacerlo. Por el contrario, es esta situación de privilegio la que nos permite escribir o actuar cuando se nos antoja y en los términos o circunstancias que consideremos oportunos.

    Es evidente que tenemos distintos modos de entender la diferencia entre trabajo profesional y trabajo artístico. Para mí el arte es un juego que me tomo en serio, pero en el que a medida que pasa el tiempo cada vez me resulta más importante pasarlo bien. Creo que en esto coincido con Ramiro, no sé si con lo que dice, pero desde luego sí con lo que hace. Él fue uno de los instigadores del mejor garito artístico que ha tenido la ciudad en los últimos años. Y conste que digo esto en sentido literal, si se entiende por dónde voy se estará de acuerdo conmigo en que en aquel cuartucho había más arte, más deseo de jugar o reunirse en torno al arte, que en ningún otro de los espacios con mayores medios que he conocido desde entonces. Pero volvamos a nuestro tema. Cuando se entiende el arte como un juego nos debe traer sin cuidado la moral de los jugadores, lo único que nos debe importar es que, en la mesa, se respeten las reglas. En esto deberíamos aprender de los niños, cuando alguien se salta las reglas el juego les parece un sin sentido y se aburren, acaban por abandonarlo. Lo que les molesta no es tanto la presencia del tramposo como el que se les haya privado del placer de jugar. El arte contemporáneo es un juego sofisticado, hace ya mucho tiempo que ha integrado en su propia práctica la convicción de que el lugar público es un espacio político. Este es uno de los elementos que forma parte hoy de las reglas del juego. Si alguien intenta saltárselo será porque o bien no sabe jugar o bien es un tramposo. En cualquiera de los dos casos no veo qué interés puede tener jugar una partida con alguien así. Éste es el caso de la desdichada Bienal, o bien no saben o bien hacen trampa, y cuando el juego se ofrece a la participación pública y las apuestas se hacen además con el dinero público, los jugadores se prestan, como es lógico, a ser criticados también públicamente. (Para no extenderme, esto responde también al hipotético asunto de la “buena” Bienal, la cosa es muy simple, si se respetaran las reglas de juego del arte contemporáneo –o sea, si su director comprendiera el significado del concepto “arte público” y actuara en consecuencia-, por mi parte estaría encantado de entrar en el juego).

    Una última cosa, no veo por qué Ramiro sostiene que el inicio del texto de Yaiza es desafortunado. Si se refiere al estilo es impecable y si se refiere al contenido suscribo todo lo que allí se dice. Creo que aquí Ramiro se enreda de nuevo con este asunto de la moral que tanto le preocupa. Yaiza no dice de nadie que sea mala persona, sólo dice, por lo que alcanzo a comprender, que le sorprende leer un texto tan mal escrito. Cuando alguien publica –ya sabemos, hace público- un texto se presta, no vamos a insistir más en ello, a ser objeto de crítica. Esto forma parte del juego. Lo que de nuevo debería preocupar a Ramiro no es la falta de respeto de Yaiza hacia el autor, sino la falta de respeto del autor por la gramática, o lo que es lo mismo, por las reglas del juego.

    En fin, y ya para terminar. No recuerdo ahora qué santo padre de la Iglesia exhortaba a sus fieles con una máxima que se me ha quedado grabada como una cómica y compasiva lección de buena ética, el buen hombre predicaba a aquellas gentes con esta regla rebosante de inocencia: “Sed buenos, si podéis…”.

    No se trata de señalar con el dedo acusador a los buenos y a los malos. La cosa, en realidad, es mucho más simple: por qué jugar mal pudiendo hacerlo bien, por qué jugar con desgana y desilusión, trampeando para que gane quien ya sabemos que siempre acabará ganando, la banca, pudiendo hacerlo con limpieza, abandonándonos al placer del juego y dejándonos arrastrar por su pasión. Esto es lo único que debería preocuparnos a todos en nuestra actividad pública. Y creo también, que esto es lo mismo que cabe exigirle a un artista que empieza en un medio como este tan hostil para las artes, sencillamente “se bueno, si es que puedes….”.

    Comentado 04/11/2010 a las 3:42 pm | Permalink
  7. Aristides Santana

    Es una pena que este debate se haya paralizado, porque creo que estaban saliendo bastantes cuestiones interesantes. Además, porque me consta que lo sigue mucha más gente de la que parece participar, a pesar de que también tengan opiniones que van saliendo entre café y café.
    Por ciertos rumores parece que la Bienal se muere por sí misma y no sobreviva a una cuarta edición, por lo que parecería que el debate este ya no tendría sentido, aparte de que el último comentario de Cuyás tenga ese “puntito” de broche final con última reflexión para que nos llevemos a casa.
    Creo que nada más lejos de la realidad, porque puede que la Bienal se muera (o no) pero, y en esto si opino distinto a Teresa, la bienal, cualquiera, sí es un evento turístico; no conozco ninguna que no lo sea, desde la de Venecia hasta la de Singapur o la que sea, realmente da igual, son eventos convertidos en destinos turísticos a los que hay que acudir y participar de sus atracciones tanto como de los encantos del lugar y con el objetivo de poner dicho lugar en el mapa, en este caso el mapa artístico, que no dejan de ser turistas, además de ese tipo de turismo denominado de “calidad”. Por eso, en un espacio que no sólo vive de su Paisaje, sino también del Turismo que lo visita es normal que la cultura, desde el punto de vista institucional al menos, sea vista como una extensión más de los planes turísticos, tanto para el visitante como para exportar. Si la Bienal se acaba por “fuerza mayor” aparecerá otra cosa, o seguirán los Septenios de turno, que no son sino otra campaña costosísima de propaganda turística. Así que cuando Cuyás comenta acerca de la Bienal “que si en lugar de disimular su auténtica naturaleza aceptara, por el contrario, su condición de atracción turística podría empezar a abordar sus propias contradicciones de un modo fértil y realista en relación con el contexto al que pertenece” puede que no sea algo tan descabellado y tomar conciencia de los derroteros de la cultura institucional local por ahí, que no creo que beneficien tanto al artista o gestor cultural.
    Ya se apuntaban algunas posibles vías de interacción como la que proponía Yaiza, pero confieso, que al igual que Ramiro, yo también me muestro algo escéptico. Por lo poco que conozco esto, en condición de recién llegado, aún no atisbo a entender qué o quiénes son o formalizan esa “comunidad artística de Canarias”, porque por mi experiencia me parece que el conjunto de lo que pudiera ser esa “comunidad artística”, es algo tan extenso, incierto, distante, contradictorio y viciado que no se me ocurre como estaría formada la mesa en la que estuviera sentada esa “comunidad” discutiendo sobre líneas de actuación y modelos, más cuando todos están bajo sospecha y al mínimo gesto se pasa de amigo a enemigo. Esto me hace sospechar mucho de quienes serían los que formaran esa discusión y la puesta en práctica de sus conclusiones.
    No obstante, sigo opinando de que este debate no debería ser en vano y que ahora es un buen momento para entablar conversaciones que tengan en-frente el objetivo de dar algunos frutos.

    Comentado 01/12/2010 a las 5:04 pm | Permalink

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