Shadows of Silence [SOS] /// O cómo hablar de restos sin caer en el Wasteland*


“La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de
producción capitalista se presenta como una inmensa acumulación de mercancías
Karl Marx, [primera frase de] El Capital, Libro Primero, 1867

«Y el resto es silencio…”
William Shakespeare, [último verso de] La tragedia de Hamlet, Príncipe de Dinamarca, 1599


001 /// La política del imaginario

001.1 /// “El recuento político de aquello que vale tomar en cuenta es también la operación poética que pone una palabra o una imagen por otra, una parte por el todo, una multiplicidad por la otra” [J. Rancière “El teatro de las imágenes”, 2008]

001.2 /// Una de las principales consecuencias directas que figura en la construcción de la modernidad se expresa en la necesidad de activar reductos -espacios diseñados- para gestionar el excedente de la producción contemporánea. Sin duda, (quizá habría que empezar por ahí) parece que el rumor extendido de que hay demasiadas imágenes ha convertido la inagotable reserva simbólica e icónica en el objetivo de un descreimiento colectivo que empieza a advertir la saturación del colapso global.

Desde Max Weber hasta Zygmunt Bauman -a partir el giro crítico que tornó la sociedad de productores en sociedad de consumidores-, la multiplicación y el cruce de objetos sensibles (imágenes, gestos, discursos, actitudes,…) ha sido constante y exponencial, privilegiando las esperanzas de la masa subjetiva y aplicando políticas de gestión y selección a fin de orientar la fantasía de la libertad -del libre consumo.

Bajo estas políticas del imaginario -auspiciadas por los centros de poder informantes: museos, panópticos, centros administrativos- no sólo se ha fraguado una línea aparentemente gestora de cómo, cuándo y dónde deben consumirse (y extinguirse) estos objetos gráficos , sino que igualmente se ha postulado -en su amparo- una completa filosofía de vida, un modus vivendi basado en la capacidad del continuo reinicio del hombre.

“La principal atracción de la vida de consumo es la oferta de una multitud de nuevos comienzos y resurrecciones (oportunidades de volver a nacer). Por fraudulenta y en definitiva frustrante que esa oferta pueda parecer a veces, ocuparse permanentemente de la construcción y reconstrucción de la propia identidad con la ayuda de los kits de identidad disponibles en el mercado seguirá siendo la única estrategia creíble o razonable.” (Z. Bauman, Vida de Consumo, 2007)

Estos resets identitarios han posibilitado la formulación de emergentes entornos en los que el sujeto se torna un selector-consumidor de una vorágine de discursos (artísticos) y, a un tiempo, un ávido transeúnte que reconoce en su seno esa frustración brotada de la incapacidad por abarcar la totalidad del imaginario que se le entrega desde las políticas administrativas (ferias de arte, bienales, infinidad de exposiciones,…).

La proliferación del polipero de imágenes ha dejado de ser así una ficcionalización teórica para reputarse como la condición sine qua non del régimen dominante de la modernidad.

002 /// El orden del destino

002.1 /// “Y tantos más desechos –en cantidad y en calidad– cuanto más rica, más enérgica y más audaz sea la sociedad… Sí, la basura es un síntoma de riqueza. Porque riqueza significa despilfarro, derroche, excedente (y, al contrario, las sociedades sin basura revelan una economía de subsistencia, de escasez, en la cual nada sobra y todo se aprovecha).” [J.L. Pardo “Nunca fue tan hermosa la basura”, 2008]

002.2 /// Apenas resulta necesario llamar la atención sobre la genealogía productiva de esta fantasía delirante del continuo consumo -ya todos hemos interiorizado la máxima social de que lo nuevo, se torna viejo, se caduca y se repone.

Es la modernidad la que ha pensado cada ciclo productivo como un régimen de inversión constante en el que el consumidor logra experimentar la moda (racional y coyuntural por definición) que da lugar -casi inmediatamente- a su propia obsolescencia y que garantiza no sólo la nueva adquisición de objetos sensibles, sino también, la pervivencia del eterno ciclo productivo.

Quizá lo más destacable, desde una óptica especulativa, sea advertir que la lógica ilustrada ha ocupado cada rincón de ese ciclo infernal. Es decir, bajo la apología de la transubstanciación ilimitada de las mercancías, cada proferimiento (en su forma de imagen, gesto o producto) tiene su lugar. Incluso la basura, sin excepción, responde a un esquema -logrado tras un pacto social del s.XIX- que equilibra las sobras y las ubica en un entorno diseñado ex profeso para ello con el objeto último de potenciar su reciclaje, extinción o reconversión en nuevos valores activos (ideas claras y distintas, productos innovadores,…).

La basura está llamada a reivindicar un ritmo en la cadena de producción, a exhortar a la estructura general una aceleración constante de reinicios que garanticen el desgaste de los objetos, permitiendo el acceso a la forma de-modé que posibilita la sustitución del imaginario por otro nuevo, en constante resurrección.

“los desechos, los escombros, los desperdicios no son algo que haya que condenar en sí: son una consecuencia necesaria de la vida”. (F. Nietzsche, 1888)

Así es como la sociedad moderna se ancla en un ritmo elíptico motorizado desde la gestión continua de sus desechos. Ese otro lugar, el de los restos urbanos y sus desperdicios, es un sitio tan legitimado por el aparato cultural como el entorno clínico de producción de mercancías y discursos. En esa dualidad (de poesía y vertederos, de cultivos y tierras baldías) se articula la naturaleza iluminista del hombre, lo que algunos han venido a denominar el orden del destino. Cada cosa tiene su lugar, incluida aquella que está condenada a su pronta desaparición, aquella que ya no produce pero sigue ocupando un espacio en este entramado moderno.

Ahí radica el síntoma de riqueza, en ser capaz de encontrar un sitio para aquello que no tiene lugar productivo, en ser capaz, pues, de gestionar ese otro lugar.

003 ///  Las últimas letras fatales

003.1 /// “El resto, en el destino humano, es siempre fecundo” [Jacques Lacan, 1962]

003.2 /// No se trata aquí, pues, de condenar la sobreproducción de estas mercancías, ni subrayar su valía -como ya hiciera Nietzsche-, sino muy al contrario, advertir que en una lectura prospectiva, los escombros son restos mortales, y por ende, no pueden reconocerse sino como oportunidades de volver a nacer/hacer. Quizá ahí –inscrita en esa dualidad abisal- descanse la real fisura del ciclo productivo, y podamos señalar, a partir de ella, la única promesa que mantiene en pie al monumento de la modernidad: la promesa de su fin, la esperanza de muerte.

De facto, Shadows of Silence es casi un silencioso llamamiento a la toma de conciencia de ese eterno retorno del imaginario y la ficcionalidad simbólica, un grito mudo que sacrifica su expresión icónica para formalizar la alerta (y el riesgo) de esa continua oferta de nuevos comienzo y resurrecciones. Quizá también por ello, la forma condensada de Shadows of Silence sea un discreto y oculto SOS; como un sordo aullido de socorro que atraviesa la imagen misma para excrementar sus restos, sus fallas, sus últimas letras mortales.

*Shadows of Silence [SOS] es el título de la muestra colectiva encargada por Ideobox Artspace y la Fundación Saludarte para Art Basel Miami Beach 2010. En ella participan Beatriz Lecuona, Óscar Hernández, Israel Pérez, María Requena y Néstor Delgado, actuando como curador Roc Laseca. Del 30 nov – 4 mar 2011 (2417 N. Miami Ave, Miami, FL)

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