Sin monedas para el Jukebox

Siempre me han interesado las propuestas al margen y los escenarios fuera de campo. Existen cartografías que indexan esos espacios y propuestas, por ejemplo, Nekane Aramburu publicó el libro Historia y situación actual de los colectivos de artistas y espacios independientes en el Estado español (1980-2010).

Nos estamos quedando sin monedas para el jukebox y la música tiene que sonar. En un estado de precarización absoluta por la crisis del COVID-19. Alerta Roja escenifica en los exteriores del Palacio Real la ruina desesperada y el agotamiento de miles de profesionales. No hay un plan de evacuación y mientras Colón se llena de esculturas.

 

Vista general de la concentración convocada por PP, Ciudadanos y VOX este domingo en la plaza de Colón de Madrid, en protesta por el diálogo de Pedro Sánchez con los independentistas catalanes y en demanda de elecciones generales. EFE/Luca Piergiovanni

 

Me acuerdo ahora de Tarancón y de mi primer cassette de música de los The Beach Boys adjunto a un perfume Old Spice. Un amigo me habla de poner monedas en el jukebox en un país lejano. Raphael canta ante seis mil personas en Madrid en lo que se ofrece como el mayor concierto en tiempos de pandemia. Otro amigo me habla de Elfidio Alonso y las patentes en la música canaria. Desayuno en el Bar El Campo donde hay una pegatina de Brutalizzed Kids. Ya no suenan las canciones de los balcones. Me entero de quién es el protagonista del guardián entre el centeno. Equipo Para sigue programando. Me acuerdo de una exposición de Val del Omar en el Museo Reina Sofía. Me acuerdo cuando quitaron Carne Cruda de la parrilla de Radio 3. Cita en el Congreso. Escucho a Aldo desde su casa y rememoro el tiempo en el que Esperanza Aguirre se quiso apoderar del sonido del metro. Varios amigos me pasan listas de Spotify que dan sentido a la espera.

Pedro Laín Entralgo anuncia en la voz de Carlos Marx a modo de conclusión de su libro Esperanza en tiempo de crisis: <<¡Esperanzados y desesperanzados de todo el mundo, uníos!>>

 

 

Me viene a la mente los milagros que Joseph Roth concatena en París en el deambular de La leyenda del Santo Bebedor. Pienso en la obsolescencia y la muerte. Pienso en Piet Mondrian como otro pintor en la genealogía de la armonía.

  (…) El espectador ideal deberá regresar noche tras noche para someterse a la misma prueba que experimentan Vladimir y Estragón: <<Mientras aparezcamos a la hora acordada, estamos salvados, si no, seremos castigados. Esa es la dramaturgia cristiana: la vida espera a que la vida comience después de haber concluido>>.[1]

En algunos momentos me aparece en la cabeza el recuerdo de cómo bailaba bajo las sábanas oyendo a Charlie Fáber en un horario determinado.

Patrick Chamoiseau señala:

“Sin embargo, en su seno mismo, surge lo imprevisible. Algunos seres humanos -hablo de personas ordinarias, sin título ni blasón- despiertan a pesar de todo a la llamada de algo en ellos. Ante la llamada de los migrantes, se atreven a caminos firmes de su propia humanidad. Sin esperar un horizonte cualquiera, recogen y acogen sombras, espectros, siluetas que atraviesan los proyectos y los obstáculos deslumbrantes. Se dirigen a ellos, sin luz, sin audiencia y luz ínfima, ofrecen su casa, su desayuno, su ropa, su tiempo, su soledad también. Casa nostra, casa vostra! Cantos, bailes, música, pequeñas cosas, pequeños gestos, pequeñas palabras que sin duda contienen el resplandor sostenido de otro mundo: una intuición que desmiente las verdades tenebrosas y potentes. Casa nostra, casa vostra![2]

 Mi amigo Amaro me decía algo parecido cuando me quedaba en su casa en Tamines: ¡Mi casa es tu casa!

Pablo Hasél en la cárcel mientras el rey emérito afirma que está como un oso desde un país lejano. Manifestaciones violentas y detenidos. La situación en los campamentos de la vergüenza está bloqueada. Erika Tophoven, la traductora canónica al alemán de Beckett, nos describe en el libro Godot entre rejas el paso en la cárcel por cuatro años de un tal Karl Franz Lembke, que tradujo y montó allí el Godot de Samuel Beckett.

Recuerdo el libro Esto no es música de José Luis Pardo. Y rememoró lo que es el malestar.

“La historia de los humanos no es sino la historia de los sucesivos desplazamientos y sustituciones de los objetos de su deseo sobre un recorrido que va desde la saciedad, a la que debe ser la supervivencia (satisfacción de las necesidades), hasta lo insaciable, a lo que debe la vitalidad de sus operaciones significantes. Creer es el aprendizaje positivo de la ausencia, de la paciencia, de la espera y de la creación de figuras simbólicas que a lo largo del tiempo escapan a toda definición del objeto de deseo en términos de saciedad y necesidad, en términos de objeto sin más.”[3]

Pienso en la forma en la que George Harrison pagó la entrada del cine. Y en Brian.

Existen diversos films que me sitúan en la decadencia. Sin ir más lejos Happy End (2017) de Michael Haneke rememora la urdimbre de las sociedades burguesas, los campos de refugiados y sus accidentes-desenlaces.

“No me decidía, daba vueltas alrededor de la Jungla, posponía el momento de ir. Usted dice en su carta que la jungla es <<algo que aquí nos corroe a todos todo el rato>>. Se nota que corroe, que obsesiona, que divide, y no solo entre generosidad y egoísmo, apertura y cerrazón, gente culta y lumpenproletariat que ha dado con otro más miserable para odiarlo, sino también, y de modo muy concreto, entre gente que ha ido, que de vez en cuando vuelve, y gente que nunca ha puesto el pie allí.”[4]

Pienso en el incendio de Moria, en Lesbos, el mayor campo de refugiados de Europa.

Parece, tomando palabras de Fernando Estévez[5] que se quieren evitar las <<zonas de contacto>> e incluso que hay una negación del Otro en pro de conservar lo <<nuestro>>. Ortega Smith visita las Canteras. Una señora hace rancho.

Decía Todorov en su libro El hombre desplazado[1]:

Toda sociedad dispone, naturalmente, de un lugar en el que encerrar a los que infringen las leyes. Pero lo que importa aquí es saber si la reclusión es decidida por la justicia o por la administración, y si se efectúa en una prisión o en un campo. En los países del Este, al igual que la Alemania nazi, era la administración (la policía) la que enviaba a los campos, en tanto que la justicia dirigía a los condenados a las cárceles. Esta diferencia es crucial, y así lo destacó justamente David Rousset, el antiguo deportado de Buchenwald que, en los años cincuenta, luchó contra los campos stalinianos. Los internados en los campos se encuentran en ellos sin haber sido jamás condenados, por simple decisión de la policía. Una ley especial organiza esta arbitrariedad. La razón precisa de esta situación es clara, la finalidad de los campos no es la de castigar culpables (éstos son condenados y encarcelados), sino la de aterrorizar a la población golpeando a los inocentes. Los condenados van a la cárcel, son los que no pueden serlo los que se encuentran en los campos. (En la Unión soviética, cierto es, es tal la masa de los condenados que ninguna prisión podría contenerlos; así irán a poblar los campos subárticos).

Me llega a mi móvil un mensaje de Acnur hablándome de un incendio devastador que se ha extendido por varios campos de refugiados rohingyas en Cox’s Bazar en Bangladesh, arrasando con todo y matando, al menos, a quince personas en trágicas circunstancias.

Veo a los niños en la frontera de Estados Unidos.

(…) “Y si no arruiné mi oído, no sólo no lo arruiné yo: no permití a la vida que lo arruinara ni lo asfixiara (y cómo lo intento!); de esto también es responsable mi madre. Sin con mayor frecuencia las madres dijeran cosas incomprensibles a sus hijos, estos hijos al crecer, no sólo comprenderían más sino que actuarían con mayor seguridad. Al niño no hay que explicarle nada, al niño hay que – hechizarlo. Y mientras más enigmáticas sean las palabras del hechizo – más profundamente arraigarán en él, más indiscutiblemente actuarán: Padre nuestro que estás en los cielos…”[2]

Por otro lado quedo a merced del Juego y teoría del Duende de Lorca:

(…) España es el único país donde la muerte es el espectáculo nacional, donde la muerte toca largos clarines a la llegada de las primaveras, y su arte está siempre regido por un duende agudo que le ha dado su diferencia y su cualidad de invención.

El duende que llena de sangre, por primera vez la escultura, las mejillas de los santos del Maestro Mateo de Compostela, es el mismo que hace gemir a San Juan de la Cruz o quema ninfas por los sonetos religiosos de Lope. [3](…)

Hablando sobre Francisco de Goya en la línea de pensamiento de Bataille, Georges Didi-Huberman indica:

Desorden -<<exasperante>> y libertad, ¿se implicaban conjuntamente, por tanto, en algo así como un arte del éxtasis político.[4]

No sé qué pasa hoy con el Estado de Alarma. Está todo casi todo el mundo en la calle.

A propósito de cómo buscar una solución a lo que acontece en diversos lugares de Canarias rememoro las sentencias del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo y la posibilidad de que tomen partido en esta situación que sin duda se plantea desde un racismo institucional que vulnera la aceptabilidad de los derechos humanos.

Un perro mira a otro perro. Y dice –Mira, otro perro.

Pongo a Celia y bailo en el salón. El ritual de la aglomeración y el baile está prohibido así como perseguido por peligro pandémico y riesgo. Las ganas de bailar se van acumulando y buscamos alternativas para descubrirnos en el movimiento y en el cuerpo.

A la señora se le murió el perrito. Conversamos hoy.

Raymond le explicó entonces que el perro quizá se había extraviado y que volvería a casa. Le puso ejemplos de perros que habían recorrido decenas de kilómetros para regresar con su amo. A pesar de ello, el viejo parecía cada vez más nervioso. <<Pero me lo van a quitar, ¿sabe? Si por lo menos lo recogiera alguien. Pero no puede ser, a todo el mundo le da asco con esas costras. La policía seguro que me lo quita.>> Le dije entonces que tenía que ir a la perrera y que se lo devolverían si pagaba ciertas tasas. Me preguntó si esas tasas eran altas. Yo no lo sabía. Entonces se enfadó: <<Dar dinero por ese roñoso. ¡Bah, por mí como si revienta!>> Y empezó a insultarlo. Raymond se rio y se metió en el edificio. Lo seguí y nos separamos en el descansillo de nuestra planta. Un momento después oí los pasos del viejo y llamó a mi puerta. Cuando le abrí, se quedó un momento en el umbral y me dijo: <<Disculpe, disculpe>>. Le ofrecí que pasara pero no quiso. Se miraba la punta de los zapatos y le temblaban las manos costrosas. Sin mirarme a la cara, me preguntó: <<No me lo van a quitar, ¿verdad, señor Mersault? Me lo van a devolver. Porque si no ¿qué va a ser de mí?>>. Le dije que la perrera tenía a los perros tres días a disposición de sus dueños y que luego hacía con ellos lo que se le antojaba. Me miró en silencio. Luego me dijo: <<Buenas noches>>. Cerró su puerta y lo oí ir y venir. Su cama crujió. Y por el curioso ruidito que atravesó el tabique, deduje que estaba llorando. No sé por qué me acordé de mamá. Pero tenía que madrugar al día siguiente. No tenía hambre y me acosté sin cenar.[5]

Decía Ángel González que “mientras existan las discotecas habrá esperanza”.

 

No sé quien se da cuenta,

Pero nuestros tratos con el Otro,

Fueron un largo embrollo. Denunciarlos será,

Más que un acto de homenaje, una suplicante

                                                                                                         Clemencia.

No somos responsables de no ser él,

es suya la culpa o el mérito de nuestra apariencia.

Tampoco tenemos miedo. Astuto, el flamenco esconde

la cabeza bajo el ala y cree que el cazador

no lo ve.

                                                                                                                                               El otro, Eugenio Montale

 

<muchos de los asistentes comenzaron a levantarse automáticamente de sus asientos durante el final, uno tras otro. La música tenía algún tipo de fuerza eléctrica. Una ovación atronadora agitó las columnas del salón blanco de la Filarmónica y Yevgeny Mravinsky elevó la partitura por encima de su cabeza, quienes merecían ese aluvión de aplausos, esos gritos de “bravo”; el éxito pertenecía al creador de esa obra>>.[6]

Ha sucedido lo que sucedió en Ceuta y me acuerdo de Trump y de sus maniobras antes de abandonar la Casa Blanca en su golpe de estado. Me acuerdo otra vez de la esperanza. Y del día uno de enero de 2021 desde Viena y de aquel concierto.

[1] Todorov, Tzvetan. El hombre desplazado. Primera parte. Originario de Bulgaria. Los campos. Funciones de los campos. Editorial Taurus. Madrid. 2008. P.60-61

[2] Tsvietáieva, Marina.  Mi madre y la música. Cuadernos del Acantilado, 53. Traducción del ruso de Selma Ancira. Editorial Acantilado. Barcelona. 2012. p. 7

[3] García Lorca, Federico. Donde no se hiela el tiempo. Escritos sobre música. Juego y teoría del duende. Prólogo del Niño de Elche. Editorial Con tinta Me Tienes. Madrid. 2017. p.134

[4] Didi-huberman, Georges. La dama duende. Avarigani Editores. 2019. p.35

[5] Albert, Camus. El extranjero. Primera parte. IV. Editorial Literatura Random House. Barcelona. 2021. pp. 42-43

[6] Johnson, Stephen. Cómo Shostakovich me salvó la vida. Editor Antoni Bosch. Barcelona 2021. p. 33

[1] Köhler, Andrea. El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera II Tiempo sentido. Un poco de conversación. Libros del Asteroide. Barcelona. 2018.  pp.58-59

[2] Chamoiseau, Patrick. Hermanos migrantes. La ofrenda del tañido. Editorial Pre-textos. Valencia. 2020. p.34

[3] Mondzain, Marie José. “La imagen, entre procedencia y destino. Revista Concreta. Sobre la creación y teoría de la imagen. 01. Editorial Concreta. p.73

[4] Carrère, Emmanuel. Calais. 9. Editorial Anagrama. Barcelona. 2017. pp. 46-47

[5]  Vid. Estévez González, Fernando. “Guanches, magos, turistas e inmigrantes: Canarios en la jaula identitaria”. Revista Atlántida, 3 diciembre 2011. ISSN: 556-4924. pp. 145-172

 

 

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