Re(presentación)

-Tú nunca cantabas Que su reinado dure eternamente. ¿Te acuerdas? Nos obligaban a vigilaros, a comprobar si cantabais de verdad y en serio el himno nacional. La consigna venía de arriba. Siempre sucedía y cada vez era peor. Es terrible. Lo hacían, nos obligaban a hacer de policías… Si veíamos a alguien que no cantaba, que no movía la boca, se suponía que teníamos que reprenderle y decirle que tenía que cantar y hacerlo de corazón.[1]

Creo que alguien está habitando en el terreno de la no pertenencia. La errancia de la inmediatez por recuperar la voz. El sujeto transculturado habita lo inhóspito.

CONJURO

COMO quien debe recorrer

muchos kilómetros

para cumplir un conjuro,

llevo las semillas

de la selva lacandona

al Viejo Mundo

y las pierdo allí.

En el viaje tenemos la sensación

de que está por hacerse,

que podemos ser otros,

que el deseo no ha muerto.

Vamos de un país a otro

sin volver a casa

y sentimos que somos

dos veces extranjeros.[2]

 

Nos encontramos ante el absurdo de confundir la belleza de la indiferencia precisamente porque fue Duchamp quien dijo que “únicamente en el arte [el hombre] es capaz de trascender su estado animal, porque el arte es una vía hacia territorios que no están gobernados por el espacio y el tiempo”.[3] Habitando esos territorios liminares entre sujetos y territorios. Se encuentra un páramo dialógico, conversacional. Un espacio desenmarañado sin la dominación del capital.

Las relaciones de poder sobre el territorio expulsan a los sujetos mediante un colapso del mismo. Los desplazamientos entrecruzados por todo el planeta son la latencia de una emergencia. El mestizaje es una forma de la errancia. La expulsión de lo distinto y el infierno de lo igual ponen en marcha un proceso destructivo totalmente diferente: la depresión y la autodestrucción.

Diversidad.

Zhao Tingyang señala que la armonía no significa uniformidad “todo se marchitará si se vuelve exactamente idéntico a lo demás. […] La armonía hace que las cosas prosperen, mientras que la uniformidad hace que se deterioren”.[4]

Las palabras de Darwin a propósito de la merma de la emoción en su vida atesoran la capacidad y la necesidad de perder el orgullo teórico pero a su vez son una forma consciente de percibir sin arrogancias su pensamiento.

Hasta la edad de treinta, o incluso pasada esa edad, me gustaba mucho la poesía de diversos estilos […]. Ya de estudiante disfrutaba intensamente con Shakespeare, sobre todo con sus obras históricas. También he mencionado que antiguamente la pintura me proporcionaba un placer considerable, así como la música. Pero hace ya muchos años que no soporto leer ni una línea de poesía: he intentado últimamente leer a Shakespeare, y lo he encontrado tan intolerantemente aburrido que hasta me ha provocado náuseas. También he perdido prácticamente el gusto por la pintura o la música […] Mi mente parece haberse convertido en una especie de máquina que extrae leyes generales a partir de grandes cantidades de datos. Me resulta imposible comprender por qué esto tendría que haber provocado una atrofia de parte del cerebro, de la que dependen los gustos más elevados. […] Si tuviera que vivir de nuevo mi vida, me impondría la norma de leer algo de poesía y escuchar algo de música al menos una vez por semana. Quizás las partes de mi cerebro ahora atrofiadas se habrían mantenido activas gracias al uso. La pérdida de esas aficiones supone una pérdida de felicidad y puede que sea dañina para el intelecto, y más seguramente para el carácter moral, pues debilita la parte emocional de nuestra naturaleza.[5]

Silenciar una parte de la sociedad o visibilizar una apatía rabiosa es el testimonio premonitorio del auge de las voces de los patriotas. Todo sucede al mismo tiempo que se da el silencio y se dan las voces del arrebato.

“¡Shh! ¡En esta ciudad, no se puede decir nada!” Pero yo siempre pienso en el silencio real -lo que la gente en el pueblo llama a veces “la ley del silencio”- es tan silencioso, usted no sabe que otra persona está en silencio.[6]

 

 

[1] Mizubayashi, Akira. Breve elogio de la errancia. Traducción de Mercedes Fernández Cuesta. Gallo Nero Ediciones, S.L. 2019. Pág. 50

[2] González Restrepo, Catalina. Dos veces extranjeros. Colección La Cruz del Sur. Editorial Pre-textos. Pág. 11

[3] Ruiz De Samaniego, Alberto. Belleza del otro mundo. Apuntes sobre algunas poéticas del inmovilismo. Cendeac. 2005. Pág.43

[4] Eco, Umberto. Migración e intolerancia. Traducción del italiano de Helena Lozano Miralles. Penguin Random House Grupo editorial. 2019. Pág. 78

[5] Darwin, Charles. The Autobiography of Charles Darwin 1809-1882. Edición de Nora Barlow. Collins. 1958. Páginas 138-139. Autobiografía. Traducción de Isabel Murillo. Belacqva. 2006. Páginas 78-79.

[6] Taussig, Michael. Law in Lawless Land: Diary of a Limpieza in Colombia. Chicago: University of Chicago Press. 2003. Pág. 21

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