Motivos para no colaborar con la Bienal de Arquitectura, Arte y Paisaje

Algunos motivos por los cuales la Bienal de Arquitectura, Arte y Paisaje de Canarias resulta perjudicial para la ciudadanía


La Bienal de Arquitectura, Arte y Paisaje patrocinada por el Gobierno de Canarias, que este año cumple con su tercera edición, está vinculada al fenómeno de la bienalización de la cultura y, de manera más general, al de la museificación de cualquier cosa. Resulta fascinante –y brutal- el modo en que la consciencia social tardomoderna ha interiorizado aquella proclama del “todo es arte” con que algunos artistas de los sesenta pretendían subvertir el medio artístico. La contrapartida de aquella artistificación de lo ordinario era, como es obvio, la experiencia, ampliamente compartida ya por entonces, de que “todo es mercancía”. Lo cierto es que hoy resulta cada vez más difícil pensar en algo, en alguna cosa o acontecimiento, que no sea susceptible de ser conservado y archivado. La conversión del deseo diferenciador de unos pocos en una función diferenciadora del capital ha venido siendo, de manera paradójica, el penoso destino al que se han visto abocadas las promesas de novedad del arte moderno. Pero no es desde una perspectiva tan amplia desde la que me gustaría abordar el asunto que nos ocupa. Obviemos en esta ocasión el argumento que vincula los procesos de bienalización en un mundo museificado con los nuevos modos en que el capitalismo del consumo se celebra a sí mismo como espectáculo. Adentrarnos en estos meandros estéticos e ideológicos nos alejaría de lo que más nos interesa, lo que hay de particular en la citada Bienal, una singularidad que permite explicar por sí misma las razones concretas por las que resulta nociva para el bien común.

Los males a los que aludo no son ningún secreto y pueden resumirse de manera sencilla: La Bienal de Arquitectura, Arte y Paisaje no es seria. Entiéndase que la seriedad es un efecto y que otorgamos esta cualidad en función del grado de convencimiento que alguien o algo tiene para nosotros. Sería demasiado fácil, en este sentido, atender a las vicisitudes tragicómicas por las que ha atravesado desde su gestación, o a ese elocuente eslogan de su segunda edición, el de Silencio, que de manera consecuente y en un alarde de estética “conceptual” resultaba invisible en las vallas donde se publicitaba, por no hablar de ese increíble juego interactivo al que se ha denominado Matriz en la página que tiene colgada en la red y que, en efecto, viene a ser como la metáfora uterina del proyecto, dispuesta a ser fecundada si el visitante acierta a introducir en algún hueco de su estructura una semilla de sentido. No se trata de poner el acento en lo que pueda haber en todo este asunto de grotesco o de jocoso, algo que por lo demás resulta casi consustancial a la práctica del arte contemporáneo y de sus instituciones, sino de interpretar la seriedad en el sentido que le damos en el habla cotidiana, como cuando decimos de alguien que habla en serio, es decir, que es un hombre de palabra, o lo que es lo mismo: que cumple con lo que promete. Para ser sincero, no creo que haya ninguna Bienal que cumpla a rajatabla con lo que promete. Como ocurre con cualquier producto y, en mayor grado, con cualquier producto cultural, es obvio que los objetivos o intereses publicitados no coinciden con los objetivos o intereses reales. Pero en toda retórica publicitaria hay grados de convicción, sean conscientes o inconscientes, en función de la credibilidad, del efecto de verdad, que otorguemos al anunciante. La cuestión es que el arte todavía hoy es una mercancía especial -bien es cierto que cada día más difícil de diferenciar de cualquier otra- y sus consumidores o su público actual se distinguen por un hábito autorreflexivo: la obra de arte contemporánea es un producto cultural que en su propia praxis activa una reflexión sobre la experiencia que hacemos de las cosas y de los demás –como mercancías-. La Bienal de Canarias ha elegido como tema central, no sé si a conciencia o por mera imprudencia, nada menos que el Paisaje, por lo que se ve obligada de manera inevitable a abordar en sus actividades y debates el problema más grave y determinante que en estos momentos tiene la sociedad canaria, tanto desde un punto de vista económico, como político o cultural. Pues bien, teniendo en cuenta que al consumidor público del arte hay que convencerlo según una retórica que cumpla con las convenciones propias del medio –lo que hoy se consideraría como “estética y políticamente correcto”- no creo equivocarme al afirmar que no hay ninguna otra Bienal en la que aquello que se promete esté más palmariamente alejado de la realidad, o sea que resulte menos persuasiva y por tanto menos seria, que la Bienal de Canarias.

Se puede alegar, con razón, que también hay otros campos de la vida social que han perdido su credibilidad, que tampoco la universidad o la política local, por ejemplo, producen un efecto de seriedad. O puestos a hacer comparaciones que tampoco lo produce la política nacional, o que hay también personajes muy relevantes en el poder como un Berlusconi, un Sarkozy, o un Benedicto XVI a los que con dificultad podríamos atribuirles la dignidad que por su cargo cabe otorgarles. Otro tanto ocurriría, cambiando de tercio, con el ámbito económico: en plena crisis sistémica no da la impresión de que el capital financiero se esté moviendo con mucha credibilidad en los últimos tiempos. Esta percepción colectiva de una falta de seriedad generalizada en la vida pública fue diagnosticada por Sloterdijk, hace ya bastantes años, como una consecuencia del predominio generalizado de la razón cínica. Lo que todos estos ámbitos a los que nos hemos referido tendrían en común es una moderna patología moral consistente en un cinismo difuso y expandido. De nuevo aquí habría que abordar el problema como una cuestión de grados. Cuando hablamos de arte, por ejemplo, no habría artistas, o críticos, o gestores puros, por un lado, y cínicos, por otro. Todos los que formamos parte del medio artístico, como todo ciudadano, tenemos que vérnoslas en primer lugar con el cínico que llevamos dentro. El cinismo no es un problema individual, es un fenómeno de época. La diferencia entre unos agentes y otros estribaría en el grado de cinismo consciente que cada cual está dispuesto a sobrellevar.

Dicho esto, la frase inicial puede completarse ahora diciendo que la Bienal no es seria porque manifiesta sin disimulo ni rubor un grado de cinismo que resulta obsceno para cualquiera que no tenga intereses personales en ella. El hecho de que muchos de sus participantes o colaboradores puedan estar de acuerdo, en mayor o menor medida, con la afirmación que acabo de hacer –y me consta que algunos lo estarán- es indicativo de la dificultad que entraña adoptar una posición crítica ante el cinismo universalizado y frente a un evento como el que nos ocupa. Ya Benjamin señaló la falacia de fantasear con una crítica que pudiera ser ejercida desde el “afuera”. No hay ningún lugar exterior desde el que posicionarse para analizar o criticar los acontecimientos de nuestra vida social. Todo ejercicio crítico debe por tanto plantearse desde la inmanencia. Pero ante la razón cínica el ejercicio de la crítica se topa con una dificultad nueva y casi insalvable. Como “ilustrado desilusionado” al cínico no se le puede convencer con argumentos razonables, no se le puede iluminar, por la sencilla razón de que él ya conoce la verdad. Volvamos a nuestro tema y para no enredarnos en ontologías dejemos establecido que cuando hablamos de verdad lo hacemos en un sentido profano y vulgar, como cuando alguien le pide a otro que le diga la verdad sobre algo, verdad que como es obvio no es ni una cosa ni una sustancia, sino eso sobre lo que alguien inquiere y que en este caso puede verse satisfecho en el acto del habla. Vayamos pues con esa verdad obvia y bobalicona de puro evidente que rodea todo este asunto.

En la Bienal, con independencia de las voluntades particulares, debe haber, como cabe esperar, diversos y antagónicos valores en juego. Cuando se trata de valores ya sabemos que lo importante es sopesar cuál es el más fuerte, cual es la potencia que domina. Pues bien, no dudo de que habrá valores estéticos, ecológicos o paisajísticos en juego, pero el valor que predomina a todas luces es estricta y netamente ideológico. La verdad que todos sabemos sobre la Bienal de Canarias es que consiste en un instrumento de propaganda que sirve a determinados intereses políticos y económicos. Su función primera y determinante, su finalidad, es pues de tipo ideológico. Ideología equivale aquí, en el sentido clásico de la dialéctica materialista, a la falsa conciencia. O sea, que su principal cometido es el de levantar una pantalla cuyas seductoras idealizaciones y fantasmagorías contribuyan a distraer o falsear la realidad. Una función, dicho sea de paso, que se acomoda mal con el arte, con la tradición del arte que nos interesa, cuya función siempre ha sido, ayer como hoy, justamente la contraria: la de hacer ver con claridad. Esa realidad falseada a la que aludimos es también, por otro lado, una verdad a voces: en unas islas que viven del monocultivo de un producto cultural, del Paisaje precisamente, determinados grupos políticos y económicos que vienen ostentado el poder prácticamente desde la transición se han beneficiado de manera excluyente de la explotación del territorio. La lógica del progreso y del beneficio económico ha justificado la mercantilización de las islas en su práctica totalidad como atracción turística. A las contradicciones propias de un capitalismo del consumo cabe añadir las que resultan de una economía del ocio en la que es el propio hábitat el que se ve sometido a la lógica del mercado. En Canarias a las diferencias económicas y sociales cabe añadir las diferencias, cada vez más ostentosas, de habitabilidad. Ante esta situación el Gobierno autonómico muestra su preocupación, pretendidamente seria, patrocinando una Bienal que “se ofrece como una plataforma de debate pluricultural para propiciar un espacio, libre, abierto e imaginativo, que enfoque la agenda compleja del paisaje y del territorio en Canarias, aportando una visión nueva y rigurosa al contexto internacional de este gran debate”.

Dejando de lado el galimatías gramatical, para comprobar la falsedad manifiesta de estos supuestos objetivos, un debate libre y abierto sobre el Paisaje en Canarias, basta con ojear en la red el llamado Observatorio del Paisaje. En él se ofrecen algunas vistas de las islas, “puntos de observación” les llaman, con breves comentarios. Para abrir ese hipotético debate “libre” su planteamiento es tan “nuevo y riguroso” que si no fuera porque estamos visitando una página oficial pensaríamos que se trata simplemente del mal chiste de algún artista moderno intentando parodiar las guías turísticas al uso. La imagen que la página de la Bienal ofrece de los complejos y urgentes problemas del Paisaje en Canarias resulta ser equiparable a la imagen publicitaria e idealizada que ofrecen los hosteleros y la Consejería de Turismo. La decepción no resulta menor si revisamos los programas de debate. Es casi ridículo insistir en que el Gobierno autonómico no quiere crear “en serio” una plataforma en la que se polemice sobre su política territorial. Por otra parte ¿por qué iba a hacerlo? Como tampoco cabe atribuirle un interés muy “serio” por las artes, ¿por qué iba a tenerlo cuando los propios artistas no se posicionan “en serio” y se muestran agradecidos con lo que hay? Para agravar más las cosas se trata de un evento exclusivamente institucional –puesto que en Canarias, a diferencia de otras autonomías, el mercado de arte es prácticamente inexistente- y su actual director está vinculado orgánicamente al Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y es parte activa en la conformación y planificación, de hecho, del territorio.

Ya digo que sobre buena parte de lo que llevo escrito puede existir un consenso amplio entre los agentes culturales, aunque quizás haya a quien le venga resultando un fastidio el tener que leer esto de que el rey está desnudo cuando ya todos lo sabíamos, y sin embargo, y aunque parezca absurdo, un grupo numeroso de artistas, intelectuales y gestores artísticos locales consideran que la Bienal es una oportunidad que no debe dejarse escapar. Esta actitud resulta más difícil de explicar que la del sector oficial o institucional, puesto que al fin y al cabo ellos sacan una clara ventaja de esta operación que distrae de los problemas reales de la ciudadanía utilizando como ornamento el prestigio cultural del arte moderno, o sea, estetizando el Paisaje. Creo que hay dos posiciones entre quienes piensan que se debe colaborar en una actividad que no tiene, incluso para ellos, ninguna credibilidad como evento cultural. Por un lado, estarían los cínicos más o menos conscientes, aquellos que como ya hemos dicho conocen la verdad pero no actúan en consecuencia, es decir, aquellos que saben en la teoría de los males de los que hemos hablado, pero que en la práctica siempre se pliegan ante la “fuerza de las cosas”. El cínico puede ser lúcido y clarividente, pero como sujeto escindido y autosatisfecho es incapaz de ofrecer la más mínima resistencia ante los reclamos del poder -así son las cosas-. De otro, estarían aquellos que con buena intención participan con su tiempo y su trabajo porque consideran que su colaboración contribuye a la dinamización del arte en Canarias. Considero que esta segunda posición resulta ingenua y que de manera involuntaria antepone un cinismo de los medios al dominio innegociable de los fines. Quiero decir que esta actitud se asemeja a ese cinismo involuntario y bien intencionado heredado de la Ilustración gracias al cual estando el sujeto “desilusionado” puede reconocer e incluso defender la utilidad social de la ilusión. Así, por ejemplo, se puede llegar a defender la utilidad social de la religión sin ser creyente o, dado el caso, la utilidad social de una Bienal instrumentalizada de una manera partidista sin pertenecer o tener intereses directos en el partido. Todo este asunto creo que se puede aclarar de una manera sencilla preguntado con realismo por los fines. Cuando los fines son falsos y espurios y, sobre todo, como es el caso, cuando se ofrecen con liberalidad los “medios” a condición de que de una manera tácita se evite aludir a los “fines”, nos encontramos con un ejemplo de manual de aquello que Horkheimer llamó hace tanto tiempo “razón instrumental”. O dicho de la manera más burda, ante la lógica del capital –lo que hoy eufemísticamente llamaríamos “los mercados”-.

La cuestión entonces sería la siguiente: ¿lo que tiene una finalidad contraria a los intereses de la ciudadanía puede justificarse como un “medio” para dinamizar la escena artística? Por lo que llevo escrito ya se puede suponer cual es mi respuesta, pero el paciente lector que haya arribado a estas líneas puede tener la seguridad de que no voy a seguir insistiendo en argumentar sobre lo obvio, ni en ofrecer más razones sobre los fines a quienes están inmunizados ante cualquier argumento que no sea el de la “fuerza de las cosas”. Para terminar sólo me gustaría apuntar una preocupación personal que es, en realidad, la que me ha llevado a escribir este texto. Hasta ahora venía observando con cierta curiosidad los despliegues promocionales de la dichosa Bienal, pero en este año ha comenzado en la Facultad de Bellas Artes un master sobre Arte, Paisaje y Territorio en el que entre otros compañeros también imparto docencia. La cuestión es que la Bienal colabora con el nuevo master, lo que resulta beneficioso para la Facultad puesto que de este modo se satisfacen en lo formal los criterios de ese otro ejemplo de instrumentalización de los medios frente a la intangibilidad de los fines que es el desafortunado plan de Bolonia. Se plantea aquí una cuestión que considero debe abrirse al debate, la de la relación entre ese ejercicio de propaganda partidista que es hoy la Bienal y el citado master. La situación puede clarificarse por lo que respecta a la “fuerza de las cosas” si se tiene en cuenta que la Facultad de Bellas Artes, como toda La Universidad de La laguna, depende de las partidas presupuestarias del mismo Gobierno y del mismo partido que patrocina la Bienal. Pero no es este el foro en el que se debe discutir sobre estas cuestiones, máxime cuando todavía no está definido el modo de colaboración entre ambas entidades. Tan sólo quiero dejar apuntado que también en esta cuestión, la de las relaciones entre la Bienal y la Universidad, lo que para unos es una fuente de oportunidades, para otros, por lo menos para mí, no es, me temo, sino la constatación de que “vendrán más años malos y nos harán más ciegos”.

Nada más lejos de mi intención que el caer en el victimismo y en las jeremiadas. Hay que mantenerse activos y no dejarse llevar, en lo posible, por esos dos grandes males de la conciencia moderna: la melancolía, que nos arrastra a la impotencia y en última instancia a la inactividad, y el cinismo, que nos aboca a la desilusión y somete toda actividad a la ley de la fuerza dominante. Considero que hay margen para actuar en el ámbito local, incluso a pesar de esa desmovilizadora y generalizada actitud de obediencia debida a los cauces oficiales que se ha generalizado en nuestra escena artística. De hecho, en la isla de Tenerife se están desarrollando, por ejemplo, iniciativas sensatas en las que se busca equilibrar el interés promocional de los artistas jóvenes con los intereses de autopromoción de las instituciones culturales vinculadas al Gobierno o al Cabildo. El espacio Area 60 del TEA o exposiciones como 25 pies son buen ejemplo de ello. El problema, como es lógico, no estriba en colaborar con las instituciones vinculadas al poder político, sino en cuáles son los términos en que se establece dicha colaboración. Uno puede prestarse a servir de correa de transmisión de los intereses particulares del partido de turno, o bien hacer justamente lo contrario, desarrollar proyectos convincentes y a medida que se sirvan de los recursos institucionales que se le ofrecen. Por lo que respecta a los servicios que la Bienal ha venido prestando es evidente que hasta ahora, como tal producto cultural, no ha pasado de ser más que una atracción turística bastante improductiva –no sólo es que distraiga de los graves problemas que afectan al ciudadano, englobados todos ellos en su tema estrella, el Paisaje, es que resulta tan ajena o despreocupada por la ciudadanía que ni si siquiera ha conseguido activarla como público, no tiene audiencia-. Tengo para mí, que si en lugar de disimular su auténtica naturaleza aceptara, por el contrario, su condición de atracción turística podría empezar a abordar sus propias contradicciones de un modo fértil y realista en relación con el contexto al que pertenece.

Sea como fuere nada indica que vaya a haber un cambio de rumbo y tal como están las cosas su descrédito, su falta de credibilidad, resulta obscena y torpe, como vengo diciendo, para cualquiera visitante. Por muy expandido que se encuentre el cinismo no debemos olvidar que en el medio artístico actual una de las formas de lo “hegemónico” es paradójicamente lo “contrahegemónico”, incluso si me apuran diría que en algunos centros institucionales de referencia lo que se lleva es el activismo artístico radical – Reina Sofía, MACBA, UNIA, Montehermoso etc.-. En fin, habrá quien piense que la Bienal puede procurar esa anhelada visibilidad exterior que tanto preocupa en las islas, pero ya me dirán, en este contexto general, de qué modo se puede llegar a ofrecer una imagen externa convincente y persuasiva cuando favorecemos en propia casa, con tanta alegría como imprudencia, unas contradicciones tan flagrantes que por la fuerza abrumadora de su propio peso hunden cualquier posibilidad de actuar de una manera consecuente y con el mínimo entusiasmo.

Dicho todo esto bastante en serio, en Santa Cruz de Tenerife a 13 de Octubre de 2010

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